La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco

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martes, 31 de octubre de 2017

Preámbulo de Nov.












De repente sucede y viene noviembre
y como si el dolor tuviera siempre su nombre
sentimos en la lumbre de la noche su huella de ceniza.
Hay lágrimas que son el lamento de todo lo que duele.
Yo no lloro apenas, o eso creo,
quizás he llorado mucho contemplando el fuego.
Ya no cabe en mi corazón de mimbre
más lluvia que la de un día de aguacero

Es terrible el largo patíbulo que se avecina.



f.




Incertidumbre










No urge la voz, tan solo es palabra.
No hay, después de todo, nada de lo que arrepentirse,
aunque eso sí, sigue habiendo demasiadas formas de morir.
Sin creer en dioses, el hombre se hace de granito,
pero no deja de ser poroso
en la salmuera de sus días y sus noches,
las que van creando sus llagas de incertidumbre.
Es veraz el silencio cuando recorre la oscuridad
y se inyecta de lo salvaje de la lluvia,
se oye un trueno que solo te nombra a ti
y te elige como a un pájaro
le designa el tiempo su existencia.
No urge la voz, ni su cadencia de estribo ante las cosas,
solo sembramos con la mano derecha
y sujetamos la línea de duelo con la izquierda,
lo que es un rojo resentimiento
que nos hace dudar de adónde vamos.
Es cierto que siempre miramos atrás
y que allí encontramos las ausencias
todavía sentadas en los andenes del olvido...
pero no hay milagros que cercenen la muerte,
la memoria solo es el reflejo interesado de la historia,
la nuestra, en realidad la única que nos importa.
No hay brujos que tengan algo más que sus bolas de naftalina
para impedir que nos derrumbemos en medio de la oscuridad.
Traer de casa vuestras propias provisiones,
la comida, la labor hecha, la ropa limpia,
todo lo que sin saber lleváis siempre.
No es el amor el cauce de este fuego,
ni la ira, ni este deseo de venganza,
solo somos una parte del juego
y no conocemos nada más
que una palabra: incertidumbre.




f.




No te pronuncio










No te pronuncio.
Requiero de tu nombre en medio de la nieve.
Resguardas tu anhelo entre las horas de la noche
y te alargas, te haces verdad o fuego que alcanza mis manos.
Cada vez que amanece
tengo un rumor de olas invadiendo mi corazón.
Soy la isla que se pierde en el horizonte,
el lugar que habitas cuando viene el otoño.



f.



Hay un antes y un después









Hay un antes y un después
al sentir crecer la hierba bajo los pies descalzos y derrumbarte,
ver llegar sin espera una marea que arrasa,
que deja tras su paso restos de incendios y naufragios.
Morir desde el ocaso mismo del deseo
es una manera de morir,
ser parte del cenit donde se dibuja el fuego,
volvernos el humo que trae la oscuridad,
caer en esa noche maldita
en que tan solo quedas tú, las cenizas y el barro.




f.




He desnudado a un ángel











He desnudado a un ángel,
y cubierto su cuerpo con el mío.
Tuve la sospecha de que lo era
al sentir en sus labios aromas de ozono,
la sensación caliente de la tierra volcánica,
y de su lengua, al recorrer mi piel,
me ardía una humedad nebulosa,
como el suave reguero de una nube.
Hay gemidos que solo sabe dejarte la tormenta
y allí tuvo la luz su hora oscura.
Al marcharse de improviso
un fuego arrasador quemó mi cama,
mientras unas pocas plumas, suaves y frías,
quedaron esparcidas por el aire.



f.




Esto no es solo soledad











Esto no es solo soledad,
es un incendio que nos desarbola
y se hace alumbre calando hasta los huesos.
Hemos abierto las puertas del cielo,
la noche estrellada ha vuelto a ser el único techo
y alimenta de silencio
cada rastro de lo que nos concedemos el uno al otro.
No hay mundo ahora, solo un océano que calla,
todos los trámites del fuego tienen nombre,
esos caminos que nos deja la lluvia
y se hace densa maleza para el olvido.



f.



No sé dónde ha ardido la noche








La lluvia dulce en los parabrisas

Pere Gimferrer


No sé dónde ha ardido la noche,
ni cuándo sentí alargarse la sombra empapando mis huesos.
Escuchaba la música en el coche
mientras la lluvia caía dulcemente sobre el parabrisas
y el océano resolvía la encrucijada del amanecer.
Qué soledad no tiene su hambruna,
un escalofrío de rutas marinas,
la respiración cortada por un beso
y el pálpito cálido de un corazón desbocado junto al silencio.
Casi todas las velas se alzaban al viento y desbordaban al mar.
El horizonte tenía una bala de plata incandescente,
la línea cóncava de mi tristeza con su pródiga luminosidad,
lejana y perdida entre las últimas velas que destellaban,
allí, donde ardía la esperanza.



f.



fotografía de María Holguera






Tras los bárbaros no hubo incendio









Tras los bárbaros no hubo incendio.
Ni un solo ángel vino a rescatarnos del silencio último.
Puede que el andén estuviera vacío,
ni siquiera nuestras valijas
tenían la tristeza del relámpago,
detrás de las dunas, tras el mar,
paralelo a la orilla,
un tren vacío venía
a pasarnos cuentas por nuestra soledad.


f.


lunes, 30 de octubre de 2017

Crece el mar










Crece el mar,
se interna por las estrechas calles oscuras y la gran plaza.
Lentamente me hundo como los viejos palacios
entre los vaivenes del agua
y siento el tiempo que me desborda y me ahoga.
Ojala estuvieras aquí
y fueras de nuevo conmigo
paseando por las tardes de verano.
Entonces en tu cintura dejaba mis manos,
sentía el pulso inagotable de la vida,
un hilo de sangre palpitando
que unía tu cuerpo al mío.
Sabíamos encontrar las pequeñas plazas,
los cafés minúsculos ajenos al mundo,
donde el silencio solo era roto
de vez en cuando por la música de un viejo violinista
que nos desarmaba con sus melodías.



f.




No recuerdo la nieve de ese tiempo de mi infancia









No recuerdo la nieve de ese tiempo de mi infancia, cuando caía sobre mí y en las calles, llenando los cubos de zinc, ni siquiera recuerdo los rostros exactos de la desolación, de los que en esa ciudad al borde del mar rehuían los ojos del otro para no ver reflejados su llanto...sí era Navidad del 62 y en Barcelona cayo una gran nevada...lo sé porque hay rastros y voces que lo dicen aunque yo no lo recuerde.



f.




Cada amanecer me recorre un escalofrío











Cada amanecer me recorre un escalofrío.
Debo asumir que nada que sea mortal me ha sido nunca ajeno
aunque mi voz a veces suene como la de un oráculo
que pontifica sobre las líneas de la vida
y el ir y venir silencioso de las nubes.
No tengo más identidad que cuatro palabras
-- unos versos sueltos, algún poema --,
más mundo que mi mirada inquieta
y ciertos viajes de memoria,
el devenir de una vida en crisis pero simple
y ciertas historias de amor, amistad y olvido.




f.




Quebrará la razón en su viaje de ida y vuelta por la vida











Quebrará la razón en su viaje de ida y vuelta por la vida
y el miedo en la piel dejará rastros de soles y diamantes cortados a la luna.
Todas las palabras rebosan de un dulce escalofrío,
todas han tenido su noche de Adviento, su larga Epifanía.
Ahora siento como la tierra se ha hecho de musgo y restos de lluvia,
mis pies desnudos han dejado huellas en el barro tierno
y aún tiritando en la oscuridad,
como esas noches de susurros y condenas,
ha girado el viento sus incansables aspas
y yo, tan solo un hombre de dolores y sombras,
he vuelto a enmudecer en medio del otoño.



f.




Abro mis brazos y siento la humedad...










Abro mis brazos y siento la humedad...
¿es esto el quehacer del otoño?.

Surcos y luces enhebradas a la piel,
la lluvia solo trae jirones de silencio
manan desde lo irreconocible
a la superficie de tu cuerpo.


Piel con piel todo existe.
Los mimbres en tus manos
dejan labores de invierno,
razones que nunca olvidamos
cuando llamamos amor
al hecho irrenunciable del combate...

Caricias, las sientes vaciarse en ti
como una nube que cae desde el cielo
y crea el relámpago...
La trama de tu deseo
tiene reglas que se deshacen.
Te recorren los puntos cardinales
donde a nada ni a nadie has dado tu permiso,
pero alguien ha sabido, con el rigor de la batalla,
tomar tus alas, para hacer de un instante
lo que solemos llamar inolvidable.




f.




He abierto un surco, una frontera









He abierto un surco, una frontera,
allí, donde los enemigos
hacen que todo sea un combate.
Con mis propias manos
lo he llenado de agua de lluvia,
la que recojo los días tristes
y agua marina de días de invierno..

Todo es humo, tú lo sabes,
una caricia no tiene valor cuando solo es la hondura de la espera,
aún cuando vengan muchas entregadas a tu cuerpo.

Somos tan extraños como las raíces de los árboles
que crecen en los manglares...
tenemos demasiada esperanza y poca vida.



f.




Hay siempre un algo inevitable









Hay siempre un algo inevitable entre las horas de la noche y el silencio, y aunque sepa respirar en esa complicidad armónica, tiene en su fondo un torrente de agua turbia, algo metálico que daña, algo que guarda el eco de cristales que se rompen donde más duele: adentro.
Recorro este pasillo desde niño, largo, oscuro, solitario, con voces y olores antiguos e imágenes confusas. Lo nítido suele tener más valor en el sueño, es algo parecido a un toque de caricia en el aire, al vaho indispensable de mi debilidad, que se sustenta en pensar, que esto, si lo dejo, pasa por mí como un tren en una estación vacía, así, lo veo alejarse, sin más valor que el frío incesante en que me abandona.



f.




domingo, 29 de octubre de 2017

Sobre tu cuerpo, la mañana ha dejado su luz










Sobre tu cuerpo, la mañana ha dejado su luz,
Tiznada por mí como por un lamento
escribo en tu vientre y en tu espalda
palabras cruzadas sin nombre ni tiempo,
ciertos versos marinos,
alguna urgencia de bosque,
lo que da la labor de subsistir
mientras duermes lejana a mi lado.



f.




He recorrido la noche con mis manos sucias











He recorrido la noche con mis manos sucias.
Abandonado los vasos vacíos, el tabaco,
la hiriente medida de un cuerpo silencioso,
las sábanas ardiendo, el sudor del sexo.
Mi mirada se ha perdido
entre las rojas cornisas del amanecer.
Ha sido en ese instante,
cuando la soledad ha dado su golpe
como un zarpazo de oscuridad sobre mi corazón.



f.




Te has ido después de la noche










Te has ido después de la noche
y me has dejado solo en la triste habitación
con vistas a un patio interior oscuro y sucio.
Desnudo y respirando todavía de tu aroma,
en medio de la cama me he sentido un náufrago.
Aún están calientes,
casi húmedas, las sábanas de los dos,
y mi deseo ha quedado agazapado en tu nombre,
entre las sílabas y el sabor de tu boca.
Ahora parece que soy
un gato abandonado al amanecer,
aunque me queda una verdad,
la que con tu lápiz de labios
has dibujado en mi ropa interior…
medio corazón y un número de teléfono.



f.




No sé dónde ha ardido la noche









La lluvia dulce en los parabrisas

Pere Gimferrer



No sé dónde ha ardido la noche,
ni cuándo sentí alargarse la sombra empapando mis huesos.
Escuchaba la música en el coche
mientras la lluvia caía dulcemente sobre el parabrisas
y el océano resolvía la encrucijada del amanecer.
Qué soledad no tiene su hambruna,
un escalofrío de rutas marinas,
la respiración cortada por un beso
y el pálpito cálido de un corazón desbocado junto al silencio.
Casi todas las velas se alzaban al viento y desbordaban al mar.
El horizonte tenía una bala de plata incandescente,
la línea cóncava de mi tristeza con su pródiga luminosidad,
lejana y perdida entre las últimas velas que destellaban,
allí, donde ardía la esperanza.




f.




Nunca tuvimos suficiente






Nunca tuvimos suficiente
y con las manos vacías
llenábamos nuestros bolsillos de promesas
aunque todo fuera imprevisible
y sintiéramos los dientes del frío de la madrugada.
Una larga nausea que deja el alba
y es como un lagarto recorriendo tu cuerpo.

Sin amor, palabra maldita en aquellas horas
que éramos cercados por la luz,
cuando uno valía tanto como sus silencios
y entregado al absenta y a los porros
era más sencillo hacer el amor que hablar de ello.



f.






Viene de nuevo este viento que se lleva las palabras










Viene de nuevo este viento que se lleva las palabras
y deja solo aquellas que abren los caminos de la lluvia,
las sendas de la sombra, los pasos de ceniza,
el caer sin perdón en manos de noviembre.

Una hogaza de pan sigue abierta con las migas alrededor,
una mesa alta de madera oscura,
trazada con rugosas muescas de cuchillo.
El hogar en el suelo, el viejo banco,
un lugar cuidado por las manos del tiempo.

Las besanas del corazón abren las hendijas del pasado
y esa luz quema tanto como el fuego de los nuevos sarmientos.




f.




Arde la voz y es música en el viento de la tarde










Arde la voz y es música en el viento de la tarde.
Tú sientes que detrás de cada una de mis manos
ha quedado tibia y para siempre tu presencia,
y eso me hace pregonar en el silencio toda esta lluvia,
me dicta volver desde el principio hasta tu pecho,
porque ya sabes que soy faro,
isla, el último pájaro que abandonó el verano.



f.




sábado, 28 de octubre de 2017

Vinieron las mareas, las horas muertas









Vinieron las mareas, las horas muertas.

Todo tiene una sombra, una holgura, una distancia,
un remolino donde contemplarse para adentro
y mirar lo azul como parte de un paisaje.


Sé de lo mortal, del recuerdo de la verdad,
cuando todo es una suma de cifras y misterio
y te duele tanto como si el quehacer de la noche
tuviera tu cuerpo embalsamado...

La certeza del nunca más
que se posa en tu boca como el beso de un ángel.



f.




Espero en la ventana esta oscuridad que abre el abismo.









Espero en la ventana esta oscuridad que abre el abismo.
Revivo los pasos perdidos por viejas estancias,
pasillos vacíos con palabras de bosque
y con un eco lejano que todavía me nombra.
Quiero escuchar el crepúsculo, su selva,
el sonido arrogante que antecede a la noche
y que busca morir en mi cuerpo,
con su viento oscuro y frío,
trayendo a mis manos
caminos y sendas donde perderme.



f.




A esta estancia de ventanas abiertas al invierno










A esta estancia de ventanas abiertas al invierno
traigo desde la noche la oscuridad.
Se derrama como una tinta china,
se diluye y te tizna,
así serás también si me abrazas,
la verdad que en el aire da cuerpo al silencio,
la raíz de la lluvia que lentamente acosa,
el devenir de un viento que nace de tu boca...
tal vez seas isla o atolón de pájaros,
agreste lugar de luna llena
rodeado por el océano asesino.
Más no lo dudes, hasta aquí has llegado
buscando las palabras que dan origen al misterio,
y has descubierto al fin,
que ellas siguen habitando tu propio corazón.



f.




Eres de arena y por eso forjas el tiempo con tus manos









Eres de arena y por eso forjas el tiempo con tus manos,
desgranas el reloj que marca las horas de la noche.
Me habré ido temprano,
cuando nadie se fija en las sombras
y solo son ecos de pasos en la oscuridad.
Tal vez he querido escuchar de nuevo tu corazón,
una isla que apenas me recuerda,
y puedo decirte que aunque nunca te he olvidado,
día a día has sido parte de mi olvido.



f.




Acaso no tenga ya esperanza...










Acaso no tenga ya esperanza...

No cabe en mis manos más lluvia.
Vivo los verbos en un tiempo pluscuamperfecto,
llenos de sombras y hendijas de sentirlos.

Recaen sobre mis espaldas
todas las caricias perdidas,
el acoso tirano de la noche,
la quera amarga de la soledad, como a todos,
nada que no tenga la sencillez de respirar
mientras mis pasos se pierden en el agua
y zigzaguean por el borde de un abismo
que siempre ha de traer el olvido.



f.



Sembrad de viento las luces de la noche y después callad...










Sembrad de viento las luces de la noche y después callad...
despacio, como un salmo vestido de sangre, cruza la sed.

Yo escucho lejanas las melodías,
un mar sin rostro golpeando la costa.

Yo tengo marcas de cantero en mi corazón,
soy como una piedra sillar
que mantiene en pie
una torre albarrana
en medio de un desierto altozano
y que se ha de incendiar sin remedio
para ser un ángaro nocturno.




f.




Urdo verbos con semillas










Urdo verbos con semillas,
labios como espadas,
laberintos de huellas,
confusos logaritmos...
siempre pérdidas.


Dibujo cruces, aspas, rayuelas
unas de color azul, otras, negras.

La verdad de cada sílaba tiene su lamento,
lágrimas y silencio, mucho silencio.
Brota la urdimbre de un hilo de sangre,
la luz, siempre la luz,
a veces de una voz,
otras de un grito...

Lo incesante es por pequeño lo humano,
lo débil, lo que estremece la piel
como un viento frío,
la soledad que te habla,
solo a ti...
el muro donde nunca está tu nombre.

Álamos blancos se deshacen en el suelo del otoño,
siento el sonido al pisarlas de esas hojas
que se amontonan como viejas heridas en el recuerdo.

Traigo agua en las manos,
no es bendita, tiene el aroma
y la humedad de los aspersores de los jardines.

Veo las nubes que enrojecen al atardecer,
la línea quebrada, su distancia,
un mar que tiene recodos de amanecer...

Me ahogan los ríos,
ríos como el Danubio o el Sena,
porciones de desiertos,
Saharas que invaden con sus arenas muertas,
cierta ira prendida a la palabra dicha
y un hueco, sí, un hueco interior lleno de presagios...




f.




viernes, 27 de octubre de 2017

No volvemos sobre nuestra muerte










No volvemos sobre nuestra muerte,
aunque a veces giren las espadas en el viento
y los mástiles y las drizas hablen de ti,
con ese sonido que solo lo escucha
aquella persona que todavía te respira.



f.




Vino el cigarrillo del silencio










y es que a pesar del amor de los brazos
y de las piernas abiertas la soledad regresa
con sus dudas.

Pablo García Casado




Vino el cigarrillo del silencio,
las volutas azulaban lentamente al morir en el techo.
Te oía respirar muy bajo,
mientras a unos metros de mí
mirabas a través de la ventana.
Desnuda y con el aroma hurgado en el deseo entre tus piernas,
tu espalda tenía el brillo nacarado que deja el sudor
y las sonrosadas aspiraciones de mi boca
como huella inequívoca de nuestra noche juntos.
Trago a trago deshicimos los últimos besos,
con la pulcritud del cirujano y en mitad de aquel océano
usamos un bisturí para sajar las sombras
y nos dimos con esa victoria un último homenaje.
Espesos y un poco borrachos
nos miramos dentro para olfatear por donde nos rondaba
esa última llamada que trae el amanecer antes del diluvio.



f.




De Venecia










No encuentras los pasos perdidos

que siguen buscándose por sus estrechas calles,

simiente de viejos bazares de luces y máscaras.

Arde la lumbre del agua y su color dorado

arma una secuencia de melancolía.

Cruzas los puentes

mientras, diluido el silencio,

es parte de la música.



Hay siempre entre nosotros,

simples humanos,

una conjunción imperfecta,

un volver a los orígenes de la emoción,

al momento en que las horas valen

por su peso especifico,

pero el tiempo, impávido, te traslada aquí a revisar

casi todo lo que nunca va a resolver tu corazón.




f.



Termino despacio de quemar el bosque










Termino despacio de quemar el bosque.
Un fuego sin humo hace lentamente crearse el carbón.
Detrás de la noche queda sin sentido la luz de la luna,
el triste fulgor de las farolas,
las palabras traídas de la urgencia,
las calles llenas de signos equívocos,
símbolos donde renace el infínto
y surgen ciertos lances de lumbres y espadas
cuando culmina lo imborrable en el dintel del amanecer
y todo acaba en la voraz boca del olvido.

( como diría Cortázar... es domingo y hace frío)



f.




No sabremos deshacernos de este poso








No sabremos deshacernos de este poso,
la linde que separa nuestros cuerpos,
como vulgares muros de piedra desgastada,
peirones donde se marcan los pasos que no daremos...

Nunca vamos a ser del otro,
solo nos unirá una mirada oscura,
pausada, lenta, certera.



f.




jueves, 26 de octubre de 2017

A veces mis palabras son hijas de la tormenta










A veces mis palabras son hijas de la tormenta
como yo suelo ser parte del silencio en mitad de la noche.
Traigo la sed envuelta en los versos,
me acompaña un desierto que lame con sus rojas arenas
el despertar luminoso de un relámpago.

Ha venido la lluvia y ese fuego que late en mi corazón
me ha hablado de todo lo que se ha llevado el tiempo...

Tengo que saber que la urgencia es contemplar el amanecer
( una parte del día habitado de presagios
y en el que a veces cantan pájaros )


f.




Hoy he olvidado el naufragio










Hoy he olvidado el naufragio,
ahondo en la tierra y en el bosque,
he ido marcando una senda de helechos,
la eternidad es un instante,
un rayo de luz que me mata
o este día de lluvia interminable.



f.




Casi todo lo que me estremece









Casi todo lo que me estremece
se pierde en el horizonte
o vive dentro de mí
como una inagotable desazón
que corre por mi sangre.
Hay detrás de las sombras
un quejido de sílabas y símbolos.
No me desnudo ante las cosas
pero si me deja descubierto un verso nítido,
su nieve cayendo desde la espesura de la tierra,
sus raíces de viento, sus letargos de nube,
su cadencia en mi corazón
retumbando incansable al respirar...
Sé que detrás de los poemas hay algo mío que se va,
nunca vuelvo a recuperar esa sensación,
pero me da un cierto escalofrío verla inquieta,
habitando otros ojos que la piensan y la sienten.



f.




He dejado de creer en desafíos










He dejado de creer en desafíos.
La vida se me va viviendo
esparcida en emociones que me asaltan.
No hay mayor desafío que alumbrar el pasado,
seguir rellenando la alacena de todos los aromas de la tierra
y guardar en la memoria el día a día.



f.



Delátame así











Delátame así,
mientras fumo los últimos cigarrillos.
Puedo ser solo un viaje de noches
por las ciudades de la vieja Europa.
Tu cómplice en un tren de oscuridad que nos llevó lejos,
cuando habitaste mi cuerpo como un espeso silencio
entre las sábanas húmedas por el invierno.




f.




miércoles, 25 de octubre de 2017

Su voz era una galerna de aguardiente y vida










Su voz era una galerna de aguardiente y vida
y tenía en su cintura un campo de lunas y centeno.
Como todo lo que alumbra los atardeceres
en su piel hervían las respuestas...
aunque había que saber descifrar
el largo misterio de su cuerpo.



f.




Suelto las nubes. Paro el tiempo










Suelto las nubes. Paro el tiempo.
Tú sabes como desembalar
este silencio que me ahoga.
Haces que abra mis manos,
que suelte los pájaros,
que apague los incendios,
y que cruce, con los párpados cerrados
todos los bosques de la noche.
Contemplarte trae desde el Norte
una lluvia impensable,
una lluvia que deshace la luz de los astros,
cambia la ruta de los planetas,
arquea la línea del horizonte...
consigues que el mar se calme
y espere en la sombra tu voz y tu palabra.



f.




Bajo la lluvia el mar se amansa










Bajo la lluvia el mar se amansa
y tú recorres la distancia con tus pies descalzos.
Mantengo la mirada en la línea que abarco,
sé que siempre debo tender puentes a tu cuerpo
y alcanzarte como solo se puede hacer siendo la noche.
Cantas y yo escucho latir tu corazón
mientras subes lentamente tu falda
para enseñarme el principio del mundo.




f.




Miro mi reflejo en las lunas húmedas tras la lluvia









Miro mi reflejo en las lunas húmedas tras la lluvia.
No voy a nombrar más el frío aunque tenga la fiebre,
la que da ese estado de cansancio
que deja una larga noche de copas y cosas innombrables.
Cada paso que doy es una pérdida más
de la poca humanidad que me quedaba ayer
Calles, avenidas, todas las luces apagadas,
me invade una gran tristeza,
es la hora en que ya no cabe más silencio dentro,
más soledad, más muerte...
y aún falta demasiado para ver amanecer.




f.




Ahora que he muerto varias veces










Ahora que he muerto varias veces,
como solo se puede morir en lo pequeño,
he acertado a dejar unas piedras
en los túmulos de las pérdidas,
prendido unas barritas de incienso
y en voz baja, recitado una elegía...


Me preparo despacio para el tiempo de la espada.




f.




No voy a usar los verbos que se me han caído al suelo










No voy a usar los verbos que se me han caído al suelo tras sucumbir al presente de indicativo, ni siquiera voy a usar de nuevo los que andan zarandeando mi cuerpo con sus desmanes pretéritos y traen el pasado hasta aquí, a este abismo de silencio que solo deja el eco de mis pasos..como esos largos pasillos, mal iluminados, casi sin luz, en el que te sostienes de pie porque tus huellas resuenan como un amigo que te acompaña.
No hay soledad triste, solo hay soledad, un campo de besanas y barbechos donde hay viejas vías de trenes, caminos que llevan a una estación por la que han dejado de pasar, pero que guarda todavía la prestancia del olvido, lo que todavía tiene la dignidad de los que por allí dejaron sus voces y sus sueños.
La soledad somos nosotros, lo que nos hace sentirnos vivos en medio del desierto, del páramo o en plena urbe rodeado de miles de personas que siguen su tarea de naufragar porque es un virus que solo con contemplarnos se afianza en nuestra vida y vive para siempre como un arma mortal que late y espera su momento de victoria.




f.




Rescato mis manos de la lluvia












Rescato mis manos de la lluvia.
Sentidas, frías, apenas son dos palabras,
un itinerario de tiempo,
de esfuerzo y de caricias.
Contemplo su silencio,
debo saber que hay un corazón que late
y da a cada surco una distancia.
No sé leerlas pero percibo la ley de la costumbre,
el regreso diario y continuo a tocarse,
se apoyan mutuamente
en la inmensa soledad que las desnuda.




f.





martes, 24 de octubre de 2017

Me urge esta letanía de tu cuerpo









Me urge esta letanía de tu cuerpo,
este bajar a los infiernos en la espera,
peldaño a peldaño,
y hacerlo desde tus hombros
por las vértebras
que dan vida a tu espalda.
Recordar mi instinto navegante,
buscando en ti
islas y selvas de pájaros cantores,
cuando mi boca, mis labios,
dejaban rastros de sed en tu piel
y te hacía gemir despacio mi nombre,
como si eso fuera lo último
que la vida te iba a dar…
mi cuerpo sobre el tuyo,
tu deseo vencido por el mío.




f.




Habita la palabra el agua












Habita la palabra el agua,
un estanque de dudas
y preguntas inciertas.
¿Cuándo nos ahoga el ansia?
¿Cuándo arde toda la madera?
¿Cuándo un corazón
deja de respirar por otro?
Me contemplo en mis noches,
ardiente sombra,
respiro entregado y sucumbo,
una y otra vez,
a la caricia de tu voz,
a la pequeña eternidad
que guarda tu silencio.



f.




No voy a ser un viejo palacio veneciano










No voy a ser un viejo palacio veneciano
envuelto por el mar y sus mareas,
ni siquiera pienso mantener mis pies en la maleza,
ni quedarme quieto esperando una sentencia.
No voy a recoger un billete de ida de un tren que nunca pasa,
ni en el muelle 34 de una ciudad costera
va a estar mi buque mercante lleno de especias.
Hace demasiado tiempo que estoy muerto,
y solo busco contemplar las nubes,
escuchar los pájaros, habitarme de silencio.



f.




Y deshacer la lumbre que aflora en los rincones










Y deshacer la lumbre que aflora en los rincones,
a golpes de brazo, donde sin dudarlo quema.
Cerrar ciertas compuertas,
allí, donde el agua tibia nos inunda.
Callar, una vez más si es necesario,
todas las que tu corazón pregunte
aunque sin razón aparente el mundo pare.
Comer el pan duro, el que queda,
y beber del agua del pozo,
la que resta de las últimas lluvias...
y seguir en silencio contemplando la noche
debajo de una triste lámpara amarilla...
de esta manera y sin reposo
llegará a ti, salvaje, otro lado de la eternidad.




f.




Esperando la llegada de Noviembre











No sé dónde empieza la vida,
dónde empieza la muerte.
Este deshacer de nudos y caer
sobre el costado más cercano al corazón.
Levantar la noche con las manos sucias
y abrazarte a ti mismo,
sin sombras en las que cobijar
toda la tristeza de las últimas horas.



f.




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