La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco

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sábado, 21 de octubre de 2017

En esos días no se fueron los pájaros










En esos días no se fueron los pájaros,
no había pájaros a las horas taciturnas de aquel invierno.
Sembrado de azules los copos de nieve
semejaban miradas de ángeles olvidadas en la tierra,
nubes derramadas,
lágrimas de lumbre en el amanecer.
Todo su silencio abrigaba un unicornio.
Los mirlos que abandonaron el bosque
traerían meses después
las pequeñas respuestas que ella buscaba.



f.




No he podido pronunciar tu nombre










No he podido pronunciar tu nombre.
Erigidas sobre el cielo iluminado de la ciudad
las calles mojadas cabían todas en mi habitación,
tan cerca de mí que se han hecho dueñas
de mis sábanas y el ansia.
Un camino de pies desnudos sobre la tarima del pasillo,
como un eco, me traían una voz que me buscaba,
la certeza de un cuerpo rellenando los resquicios del mío,
ciertas llagas que apenas recuerdo que existen
salvo cuando las tocan,
pero aunque no lo creas,
no he podido pronunciar tu nombre.




f.




No pregono el dolor







No pregono el dolor,
aunque suenen lejanas las campanas
y vuelen en el cielo unas pocas palomas.
Hubo lágrimas
y luego vino lluvia,
como si el otoño supiera de todas las muertes
y todas las ausencias...



f.




Cruzo la oscuridad sin nombres










Cruzo la oscuridad sin nombres.
Mis dedos tienen la humedad,
las raíces de la lluvia.
Escucho arder a la noche,
contemplo el fuego,
lejos, en el horizonte, todavía hay silencio.




f.




Hoy he recogido flores










Hoy he recogido flores azules en el amanecer,
sostenían estremecidas la humedad del adviento,
la sensación de rebrote del invierno.



f.




La mayor soledad










La mayor soledad me la dan siempre los muelles sin barcos al amanecer, los andenes donde ya no esperas nada, ciertos aeropuertos desde donde una vez hiciste un transbordo. Será verdad que una vez que el corazón se detuvo, ciertas emociones solo las puedes pronunciar enlazando sílabas, recreando palabras, imágenes, metáforas.



f.




Algo sin nombre











Algo sin nombre,
como ciertas horas
que se desnudan solitarias
dentro de una tarde.
Un poco de esas semillas que robo a las noches,
diminutos restos de astros lejanos,
cuentas azules que nunca consigo que sumen lo mismo,
me atraen a los bordes imprecisos del horizonte,
al halda perfecta donde dejo perdida mi mirada
mientras el mundo sigue siendo un animal devorando su presa.




f.




Vivo este instante de luto invisible










Vivo este instante de luto invisible,
holgura de todas las palabras latiendo en el silencio...
sin remedio mis uñas guardan la suciedad de la noche.
Yo bebo lo oscuro, la gota de mercurio,
el veneno que mata lentamente un corazón solitario.



f.




viernes, 20 de octubre de 2017

Soy la sed del desierto










Soy la sed del desierto,
el estado puro en que respira la arena.
Roja y habitada de pájaros,
anochezco detrás de los planetas y el silencio.



f.




Tarde de domingo...










De vez en cuando me cobijo en mi mismo, como si yo tuviera una coraza que me protegiera de todos los peligros y todos los miedos.
En realidad no es cierto, solo es una manera de salvarme de mi peor enemigo, que como suele suceder soy yo…no porque me deje abatir por cosas trascendentes, suelo ser bastante fuerte contra eso - los problemas con nombre - o por lo menos esa sensación doy a los demás y ya son muchos años para no creérmela ni yo, sino porque me angosto ante las cosas pequeñas, las que ahogan lo cotidiano, lo casi superfluo, pero que crea una cadena de contradicciones y deserciones propias, y me duelen hasta cercenar toda pasión por las horas siguientes, por lo que traerá el amanecer...llego a querer desaparecer volverme nube, viento, humo, o caer de cabeza y ahogarme en el río...en esas horas me invade un yo que tiene en su mirada la ira contenida de todo lo que odio.



f.




No surge el dolor como una fuente donde dejar fluir la sangre










No surge el dolor como una fuente donde dejar fluir la sangre,
de ella solo tenemos entre cuatro y medio y seis litros,
un río denso y oscuro que recorre un mundo subterráneo.
Mejor fue tomar la solución del abandono,
eso sí lo hice despacio, lentamente,
como se van las nubes del invierno,
para poder hacer de ti una metáfora en medio del silencio.
Lo único verdadero que me dejó aquel año bisiesto.



f.




He llenado lagunas de silencio









He llenado lagunas de silencio,
esa quietud de insectos en el aire
cuando las tardes son largas
como el látigo de un domador de fieras.

Pronuncio la palabra anochecer
y un desierto de sombras cae sobre nosotros,
tiznan nuestras manos de misterios,
saben del hondo quejido de las caricias perdidas...
nunca llegamos a ser lo suficiente,
siempre hay una herida abierta
que difumina la luz en grisalla.




f.




jueves, 19 de octubre de 2017

Ahogarnos en la hora de la daga










Ahogarnos en la hora de la daga,
sombra sobre el hilo rojo del atardecer,
como se hunden los cargueros en la oscuridad del océano.
Vigilar la simiente, las primeras flores del invierno,
la humedad que se hace fruto granado en las manos
y dulce de leche en la boca que ha de devorarte en la noche.




f.




Las luces en la noche arden alrededor de nosotros











Las luces en la noche arden alrededor de nosotros,
la lluvia de septiembre
se ha dejado media vida entre mis manos.
Todo parece azul detrás de las palabras,
se agrieta el tiempo cuando me contestas
y miras adelante, fijamente,
parece que tienes
en la oscuridad de la carretera
un extraño confidente,
alguien anónimo a quien confiarle tus secretos.
El mar solo se escucha cuando golpea las rocas,
respira entablando su decálogo de obviedades
mientras la sombra de los pinos
apenas deja ver lejanos barcos,
que tiritando en la penumbra
son como nosotros,
pequeños mundos navegando en soledad.




f.




Cuando llega el amanecer










Cuando llega el amanecer
solo nos queda, a veces,
el rencor de tanto amor gastado,
tanta pasión desembalada,
y esas gotas de vacío que quedan impregnando el silencio.
De nuevo dos cuerpos se distancian
y surge el deshacer de todas las caricias,
la oclusión de todos los gemidos,
el voltear desnudo ante el otro
con cierto interrogante,
para subir, sin predecirlo, lentamente un muro,
un lugar donde te salvas tú solo
de la incertidumbre que trae con la luz el nuevo día



f.




Este incendio que a veces se desata con un viento incontenible












¿Por qué recuerdas que la luz se muere
y en cambio olvidas que también muere la sombra?

Roberto Juarroz



Este incendio que a veces se desata con un viento incontenible
trae desde el fondo del bosque el último silencio,
la última palabra herida por el rayo.

Cerca de los dos cae siempre la sombra,
nos trae una secuencia de trenes y de lluvia.
Nada nos salvará de morir en el otro
y sin embargo me inundan tus mareas
mientras yo cierro los ojos y cedo
al hilo de la luna que vive en tu cuerpo,
a la cadencia que me encadena de tu boca...
a este vaivén demoledor en que nos desangramos.

Mis manos saladas guardan tus caricias,
el resurgir de todo lo que mata,
un veneno que bebo entregado
cuando me nombras, me llamas, me condenas.




f.




Florece el diluvio










Florece el diluvio, en el caer paulatino de la tarde.
Sombra tras sombra abunda el ansia,
la calima ahonda en nosotros
como un río se sostiene en su cauce
y fija al cielo en su reflejo
cuando vive la calma y es hijo del azud y del dolor.

Te pienso así, con mi mano cubriendo la luz
que se hace lumbre en tu espalda,
ahondando en todo lo que sientes,
bebiendo despacio de mis labios,
con el quehacer de las hojas caídas
y los versos anudados a los dedos,
resguardando del olvido el último tesoro del verano.

Volver a recorrer Venecia
sabiendo de lo poco que nos queda de eterno,
volver y tener ese tiempo de silencio
como una canción que nos desborda
y la lluvia, la larga lluvia de un verano pretérito,
tormenta que todavía tiene de mí
ese lugar del que nunca te alejas,
y te pienso y te contemplo
con tus ojos reverdeciendo lo que miras,
cuando nadie sabe que parte de ternura
de mi endurecido corazón
has dejado abierta para siempre
en lo más mortal de mi palabra.




f.




En el atlas de un cuerpo no caben más islas











En el atlas de un cuerpo no caben más islas,
si acaso lo que deja el mar después de la noche,
una marea de huellas y silencio.
Detrás de mí o a mi lado,
no hay sueño que desgarre más
que el del dolor de la lumbre,
la tibia enseñanza de la ausencia,
el aroma de lo que ciertamente no se olvida.




f.





Reconozco el hueso que enhebra los mimbres













Reconozco el hueso que enhebra los mimbres,
la punzada de hielo, la grieta donde nace el vértigo.
Soy la voz de una sombra,
la cadencia de cierta música,
sílabas que se desvanecen en el vaho,
la humedad que enmarca unas huellas.
Me persigue el humo de un incendio
con aroma a olivo o a cedro,
la esencia calcinada de una mirada,
la distancia de un verso o de un pájaro,
lo azul que queda en el silencio,
un dolor tan simple como tantos otros
que siguen habitando cualquier corazón humano.




f.




miércoles, 18 de octubre de 2017

Me sentaré detrás de ti, seré la noche








Me sentaré detrás de ti, seré la noche,
la penumbra murmurando en tus sueños.

He elaborado los códigos,
una estrecha franja de realidad
donde mis dedos marcan tu cuerpo.


Todos los jeroglíficos de tu piel me llevan al mar,
carreteras secundarias de bosques y arena.
Un cielo azul repleto de gaviotas.

Urdo una muerte sin parangón,
solo vendrán los pájaros azules a hurgar en mi carne.

Tanto cielo abierto al infinito
mientras sigo contemplando a los astros,
tengo tan cerca el misterio como el silencio.




f.




Sé del veneno










Sé del veneno
como también sé de la sal
y de ese néctar que emana tu vientre
cuando enredado en tus ingles,
atado a ti,
soy mas hombre, mas humano.



f.




Octubre












Me remanso al lado de la umbría como las hojas amarillas del otoño.

Oigo pasos, huellas que tienen nombres y lugares,

ciudades con bulevares legendarios,

muelles con barcos y silencio.

Contemplo muchas caídas de astros en esas noches solitarias mías,

y todo es tan relativo como el nombre de los desiertos que poseo:

Nada va a cambiar en este pequeño instante en que yo vivo.

Nada puedo hacer para que todo tenga otro sentido.

Y sí, circulo por el lado más cercano a la sangre,

arrimando mi corazón a las palabras,

aunque eso no disminuya la posibilidad de los fracasos

que tienen siempre la potestad de elegir su lugar y su momento.

Ya no le pregunto al viento aunque él eternice su ira en este valle.

Presiento con cierta certeza de cálculo

cada vez que me arranca mi verdad...

aún así debe ser que solo aprendo con los años

y como Borges tenía un atardecer y una aldea

yo me reservo ciertas islas y un faro para no morir en la oscuridad.





f.




Sin más lugar que la urgencia










Sin más lugar que la urgencia
tú puedes ser el cuerpo,
el detonante de un quejido interminable
y yo, la soledad de la sombra que respiras.
Tener entre los dos los frutos de la tierra
cogidos desde el instante primero de la siembra,
cuando son de raíces profundas
y desembarcan en la boca
con sus jugos dulces y aromas penetrantes.
Pero no verme más que cuando te miras dentro
y en la pared me reboso de ti
con su temblor de hojas
y la deserción póstuma
que toda muerte, sin ambages, acarrea.



f.




Yo no tengo alma









Yo no tengo alma, quizás una piedra tallada con nombres de ausencia.
Soy lo básico, dos o tres huellas húmedas en la arena,
parecidas a los rastros de las serpientes,
eses que solo han recogido el instante.

Una palabra a veces es todo lo que sé,
otras el hilo que hace que me pierda
buscando lo imposible entre los versos.

Hojas de otoño arrastradas por el viento,
flores de almendro tiritando en el amanecer,
soy parte de ese invierno,
ese enero de silencio en el páramo,
una zona lacustre,
un vado de signos equívocos,
soy la llama y el humo,
la tela de la araña y la araña misma...
todo lo pequeño soy,
nada que valga la pena recordar.



f.




Si imagino la calma










Si imagino la calma,
sería algo parecido a una mano,
que en su lento posar, hace temblar el agua de un estanque.

Así viene la tarde, silenciosa y húmeda en su brisa gris de lluvia.

Nada que merezca la pena comentar
ya que ni el tañido de las lejanas campanas
sostienen hoy con fuerza lo que tienen de muerte
estos instantes, donde el desierto que te rodea
te tizna de si mismo un poco de tu cuerpo.



f.



La rosa de los vientos










La rosa de los vientos
ha dejado de nombrarme,
la brújula habla del Norte
como si solo del invierno
fuera a venir el silencio.

No sé por qué guarda esta tarde un aroma a lumbre,
siento la sombra deslizarse
como un gato negro por las cornisas
y enlutar de rojo todo lo que contemplo...

Perdí siempre las batallas contra mi mismo,
mi interior conoce bien mis puntos débiles,
aunque en este perderme en la oscuridad
me suelo manejar bien deshaciéndome en la carcoma...
tantas noches de insomnio abotonando las horas a mi cuerpo
me han hecho desdecirme de algunas verdades,
¿cuánto debo aprender todavía? me pregunto,
este continuo derrumbarme me agota tanto como el otoño.




f.




martes, 17 de octubre de 2017

Tengo los días contados










Tengo los días contados,
en sus horas en punto se silencian los pájaros,
pasan las nubes migratorias
y se alarga la sombra inundándolo todo.
Hay veces que el viento trae rumores nuevos,
una hambruna de sílabas tiznadas por el frío,
la nieve desnuda de la nieve,
un viaje solitario con destino al invierno.




f.




Las tardes tiene el sabor de las cosas sencillas








Las tardes tiene el sabor de las cosas sencillas
y éstas acaban culminando en la sombra,
ella crece mientras tanto
como una lluvia oscura sobre la mirada del tiempo.
En ese vaivén de la luz,
perdiendo de nuevo la batalla,
perecemos
incapaces de salvar el último aliento de crepúsculo.
No es una venganza,
es la imposibilidad
de que la rueda cambie su destino,
solo nosotros, incapaces de comprenderlo,
pretendemos parar, a veces este transito,
esta perdida sin valor
más que para el corazón.
Por eso cuesta respirar en medio del primer albor de la noche.
El cuchillo, la daga, ha sabido hacer bien su trabajo.




f.




Prendo fuego









Prendo fuego entre tus manos frías
y arde el viento con pavesas de sándalo.


f.




Solo propongo una noche sin astros









Solo propongo una noche sin astros,
un amanecer sin lunas.
Ese instante de sangre,
ese morir impreciso y diario.


f.



No sé para que sirve escribir









No sé para que sirve escribir y delatarse detrás de una mentira que te hunde o una verdad terrible que te cerca...todo lo que se vive, lo que se sueña, lo que de imperceptible captas sin saberlo, me hace más débil al mostrarlo y sin embargo me es imposible dejar de rendir cuentas a la evidencia de mi necesidad de darme en cada verso (aunque sea malo y no tenga trascendencia), hasta que el silencio es tan fuerte que puede más que el tenso y ventoso fluir de las palabras.
Cuando llega el silencio descanso, son esas horas en que impera solo en mí la sombra.



f.




Camino ciego










Camino ciego,
sin rastros y sin márgenes,
como un río en el desierto
se desliza hacia la nada
tras la última tormenta.



f.



Repasar el día como si todavía tuviera el hambre del amanecer









Repasar el día como si todavía tuviera el hambre del amanecer
y se apoderara de mí esa vieja costumbre de la muerte
de visitar rincones escondidos de mi corazón.
No hay en mis manos más que diez dedos que cuentan como un niño.
No hay en mi boca todos los dientes con los que nací.
Tengo ciertas cicatrices, varios dolores crónicos
y, sin embargo, sigue mi hambre de vida acuciando la oscuridad
en busca del último rayo de sol que se ha perdido hacia el Oeste.



f.




Yo sigo el verde reluciente de los taxis en la avenida











Yo sigo el verde reluciente de los taxis en la avenida,
ando en contra de mi destino
como un ciego busca sendas inolvidables
en un cuerpo desconocido.
Unas veces sin saber por qué
me meto en la parte de atrás del vehículo
y fumo un cigarrillo que me da el taxista,
mientras recorremos la ciudad, vueltas y vueltas
por los puentes vacíos y la noche de lluvia.


Así y todo, lo hermoso del frío que invade la urbe,
también deja sus dentelladas de lumbre,
son como perros que mordisquean mi piel
con sus lacerados dientes.

Tú sabes dónde vivo? y el taxista sonríe...
a veces no recuerdo todos los caminos que me llevan a casa,
y soy un peregrino de los bares y la música de jazz.
A veces acabo solo contemplando el amanecer,
helado sin remisión por el invierno.

Temo a las arañas azules
con su quehacer de esperas y pérdidas,
de años y tiempo escuchando del mundo
un manifiesto tras otro de infortunio.

Tú que puedes vuela lejos,
es lo mejor que te puedo decir,
ahora que tienes todavía alas
y nunca has comprendido
la verdadera razón de la incertidumbre.




f.




lunes, 16 de octubre de 2017

Hay un quehacer de manos anónimas que tejen el vértigo










Hay un quehacer de manos anónimas que tejen el vértigo.
Traen la densidad de lo infinito,
la equidistancia entre dos líneas,
la lejanía como punto de encuentro.
Así y todo, el mar es un lugar que me cobija,
donde las islas sin coordenadas,
sin margenes, sin demora
guardan mi silencio
y tienden sin esperanza sus miradas a la luz.




f.




Abro la estancia de la noche









Abro la estancia de la noche.
La oscuridad y su denso deshacer
deja sonidos de pasos y huellas sin nombre.
La soledad no sabe jugar a los dados
y siempre viene con su tablero de ajedrez entre las manos.




f.




Vivir es extenderse en el dolor










Vivir es extenderse en el dolor,
duele respirar,
y sentir las cosas,
el deseo, amar, mirar, contemplar…
todo aniquila
como si fuéramos un papel
donde alguien dejó su despedida.



f.




No iba a haber más allá











No iba a haber más allá.
Un precio tasado de antemano.
El viejo motel de carretera,
la misma habitación con aroma a pino.
Unos canapés, wisqui, hielo, cocacola y tabaco...
Para qué más en una noche cualquiera?



f.




Y fueron derviches en mi sangre bailando al son del fuego









Y fueron derviches en mi sangre bailando al son del fuego.
Todo lo que Bizancio olvidó para ti,
y tú me nombrabas un día cualquiera de junio,
mientras se helaba el aire con una espesa bruma.




f.




Ahora me dirán de las luces prendidas a mis ojos...












Ahora me dirán de las luces prendidas a mis ojos...

Contemplo la vida como un presagio del final,
dando vueltas sobre el quehacer indomable de las sombras.


Una urdimbre de viento y lágrimas
forman este silencio,
el aguardiente que bebo
mientras mi boca pronuncia los verbos
y mis manos escriben en el agua
la línea ondulada de un día lleno de azules y rojos.

Me vuelco en dirimir el peso de mi corazón.
Piedra porosa donde hurga el tiempo
como una quera que nunca cesa...
escucho hablar a los nuevos poetas del amor sagrado,
ellos saben del color de los peces
y del dolor de sus entrañas vacías...

tal vez les falte sembrar de iris y girasoles
las viejas palabras de los grandes poemas que perduran...

yo cierro mis brazos sobre mi mismo
cuando las hélices de los versos remueven el aire,
una vez deshechos, como jirones de sábanas tendidas a la noche,
todos los pronombres posesivos quedan en el suelo,
abandonados, como restos de una desconocida lluvia,
siendo los muertos anónimos de todas las caricias.





f.




Tuvo el norte de mi muerte apretado a sus costillas










Tuvo el norte de mi muerte apretado a sus costillas
inundando su espalda de las rosas perennes de mi boca.
Cada encuentro era un nuevo desafío,
surgían los silencios de lluvia,
la risa como lágrimas marinas,
el caer desde el fondo al más fondo,
todo lo llenaba su voz de aguardiente.
Sin buscar la calma, los dedos
sabían llegar a lo más hondo del otro,
perdidos los dos en el maremágnum de las sábanas.
La oscuridad o el mediodía,
todo era voraz y mortal, nada importaba,
mientras la esencia del otro nos dejaba esa sed
que impronunciable no se sació nunca.




f,




domingo, 15 de octubre de 2017

Ha llovido tanto que todavía se escucha lejana la tormenta











Ha llovido tanto que todavía se escucha lejana la tormenta.
Que fría es la noche cuando la soledad viaja con tu sombra.
Soy a veces un jardín abandonado
donde las rosas crecen trepando entre la hiedra roja.
Hay pájaros que duermen entre espinas
y las hojas caen despacio,
somnolientas,
tienen el sueño de los tristes:
saben del otoño.



f.




Entonces era verano









Entonces era verano, tú buscabas ser el río,
todos los meandros de la noche,
la sombra que me había de marcar
señales para siempre en la piel.



f.




Erre que erre mi corazón plantea un viaje sin planetas










Erre que erre mi corazón plantea un viaje sin planetas,
sin astros y sin lunas. Un ir a la deriva,
como si la noche fuera huella incesante en el pecho
y el día la diáspora, el éxodo, la espera, la melaza,
el grueso muro que tiembla ante tus manos y se derrumba
solamente con la fuerza de un verso sin tapujos.
Es cerrar los ojos y volver a navegar por la oscuridad de Europa
y "etre" Danubio en medio de la tierra ardiente,
el Volga, el Rhin, el Moldava
o ese Sena que deja en mis pupilas
meandros y sabores de besos y canela.
Hay estaciones, aeropuertos, muelles,
el infinito sin más que chasqueo los dedos
y me vuelvo a mirar adentro,
donde todo lo que soy se conmueve.



f.




Luego fue verano










Luego fue verano, fue verano durante mucho tiempo,
duraban las horas largas de la tarde y amanecía muy temprano.
El tiempo se detenía cuando en el silencio del atardecer
huíamos del mundo, lejos, distantes del resto,
entregados a hablarnos muy cerca el uno del otro,
con un racimo de cosas que aguardaban pacientes
a que primero nuestros labios se reconciliaran.
Nunca el silencio se desgajaba de nosotros tomándonos distancia, 
más bien era un cómplice, una lluvia azul que lo empapaba todo.



f.


fotografía de katia chausheva





Mis manos sucias mantienen un pulso con tu blancura











Mis manos sucias mantienen un pulso con tu blancura.
Dejarte impregnada del aroma de las flores rojas
romperá ese hechizo de nieve,
esa estancia de nube en que palpitas.
No creo en el amor y menos cuando estoy ebrio o colocado…
tan solo tus labios saben a recuerdos
y tu cuerpo al tocarlo se resquebraja
como un árbol partido por un rayo.
Ven, has dejado fuego en tus huellas,
yo solo soy un perro de la noche,
el de esta noche y tú hueles a vainilla y canela
demasiado para estas noches de luto
en que cualquier fragancia rompe los moldes.
¿Ves? ahora eres tú quien merece la pena.




f.




Mejor quedarme varado en mitad de una calle









¿no llego siempre al mismo sitio
ese abismo sin fin donde los hombres vacían sus maletas?

Laura Yasan


Mejor quedarme varado en mitad de una calle,
una plaza, un puente que cruza el río.

Hay arena blanca en mis zapatos,
la humedad de la tierra que siempre va conmigo.
Traigo un despertar tardío en la boca de otro,
como un verso que se queda tarareando insumiso en la memoria.

Nunca he abierto mi corazón al viento del amanecer,
seguro que los nudos corredizos ahogarían mi voz.

Es infatigable esta sensación de muerte
cuando abandonas la ausencia
en la cama de un hotel.

Entonces repaso las horas
como si fueran estandartes de guerra,
recorro rutas nuevas
por calles impropias de mi carácter,
volteo mis bolsillos
y caen al suelo los nombres que duelen...

Soy un hombre sencillo con amarres a un muelle vacío.

Veo el sol sobre la lejanía,
la distancia es otro dolor insoluble
que se levanta al trote de un caballo negro pecero,
asemejo entonces ser la sombra de un árbol
perdido en mi silencio.




f.




sábado, 14 de octubre de 2017

Y fue entonces cuando cruzamos despacio el fuego










Y fue entonces cuando cruzamos despacio el fuego.
Sentí tus pasos en mi cuerpo como un largo gemido ardiente
y me supe perdido de nuevo: para siempre.



f.




En el deshacer del viento tiendo mis palabras










En el deshacer del viento tiendo mis palabras,
saben de mí lo preciso,
viajan sueltas en el caos del aire
como una llamada interminable.




f.




He hundido mis manos en la tierra











He hundido mis manos en la tierra
y abierto surcos en medio de la lluvia.
He girado el curso de algún río,
abriendo al mar los lindes de mi cuerpo
para saber que todo lo eterno es pavesa de un día.

Quizás tenga en mis dedos los restos de la ira,
el quehacer del tiempo, el fuego, la llama, la brasa, la ceniza,
y tú, como tantos viajes indoloros,
seas bitácora de noches infinitas
o creas que morir solo es un juego,
una manera imprecisa de buscar detrás de las palabras
las sendas que abarcan cada sílaba, el tesoro de la magia,
las briznas húmedas de hierba que van impregnando tus pies descalzos
y te hacen volar como solo lo puede hacer un albatros.




f.





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