La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco

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viernes, 28 de abril de 2017

No sé por qué








No sé por qué mis palabras han buscado la calle vacía del domingo (un domingo sin luz y sin pájaros), se han ido a deambular por el amanecer frío y húmedo, como si ya no les importara el verso, la música, el ritmo recogido de un papel y quisieran encontrarse con un ser humano, un árbol, un perro, ciertas esquinas donde gira el viento, ver las nubes grises cargadas de tormenta y sentir la lluvia que las va a empapar… pero no saben, que desde los viejos porches, van a escuchar sin querer y en silencio una lejana melodía, el tintineo de las campanas, el eco, que toda mi vida ha ido tañendo la soledad.



f.










Vengo despacio








Vengo despacio,
recorro la luz y el lado de la sombra,
el atardecer duerme mi instinto
y me hace sentir cada paso como un regreso.
Será verdad que hay días
que solo se sostienen en el aire
y somos, yo en este caso,
pasos perdidos en busca de una historia.




f.




Perpetuo anclaje en el fin de los sueños.









Perpetuo anclaje en el fin de los sueños.
Abro los ojos e ilumino la inmensidad
allí, donde todavía
un bosque de dudas
me arrebata el corazón.



f.



Foto de Ricardo B. Carissimi



De nuevo fuimos un enredo de verbos transitivos







De nuevo fuimos un enredo de verbos transitivos,
una oración naciendo de mi cuerpo al suyo...
quizás las palabras tengan siempre
algunas sílabas que humedecen la memoria;
quizás sea verdad que es difícil olvidar las sendas
porque la piel tiene en su recuerdo todo lo que el corazón olvida.



f.






Venimos de la muerte









Venimos de la muerte,
somos una parte de brisa de su sombra.
Ella sabe trenzar una cadena,
una branza que sin hilos nos ata y nos espera...
la "calma" tiene un nudo corredizo,
una mano con aromas de salvia,
lo eterno sin palabras,
las respuestas que nunca supimos
velan detrás de toda luz
con una intensidad que nos deshace...
no temáis, después de la nada todo es nada,
ella sabe, de siempre, ser la calma.



f.



Imagen de Misha Gordin




Cada día se esfuerza el cuerpo en olvidar










Cada día se esfuerza el cuerpo en olvidar.

Las cancelas dejan pasar la luz, el aire se espesa,

caemos en el uso indebido del otro

cuando como palomas nuestras manos zurean el deseo.

La sombra sube perezosa camino de la atalaya,

tendrá en la noche la urgencia definida,

mientras el sueño del otoño camina deprisa,

se mece en las nubes y se derrama en los cerros.

Tal vez no tengamos esperanza,

quizás las luces que nos llaman

siguen solo luciendo a lo lejos.




f.



Me reconstruyo en el frío









Me reconstruyo en el frío, soy un pájaro oscuro volando bajo que con el eco de su vuelo roza el viento y siente el manto de nieve que deja la tristeza sobre el corazón.
La soledad también tiene sus huellas, casi son raíces que ahondan en el aire y sin embargo te siguen, se arriman a tu espalda y sobreviven al miedo de cada incertidumbre que te asola.
Contemplo el horizonte sin líneas definidas. Hay demasiados sueños a punto de morir junto al infinito. No siempre se cumplen las promesas y tanto el amor como el desamor caminan unidos por el duro vértice de cada día.



f.



jueves, 27 de abril de 2017

Poema del límite








Nunca has cerrado esta esquina de tu cuerpo para mí.
Permíteme cruzar la noche contigo y vadear de nuevo tu espalda.
Hay razones notables para que asiente mi boca en tus vértebras.
Otras también me harán perderme en tus límites
y saciar estos días prendidos al hambre sin ti.
Reconozco cada pliegue, cada lunar,
una a una tus pequeñas e insolentes verrugas…
sabes bien que hay un transito imposible de olvidar.
He llegado hasta aquí envuelto en el deseo,
tapada apenas por las sábanas
me traes desde tus labios un húmedo presente,
tu lengua y tu saliva
tiene el aroma ardiente y dulce de siempre,
y es cierto que este darnos a ciegas, sin pretextos,
sabiendo que el amanecer
trae en sus alas un nuevo aguacero,
puede volver a ser nuestro próximo fracaso…
¿pero dónde está nuestra medida del vértigo?
Yo, contigo, nunca la he encontrado.




f.







Sigo buscando








Sigo buscando en tu espalda una isla pequeña,
renglones y cifras para una noche,
un rincón donde tú y yo seamos lumbre,
la anuencia de dos cuerpos que se saben siempre.



f.



El ejecutor









Mirándome desde su postura elevada mientras yo permanecía de rodillas, lo veía vestido muy elegante con su traje negro y con su voz grave me decía:
Amigo, la diferencia entre un asesino miserable y un ejecutor es que el primero le dispara mortalmente a su victima guardando la distancia, por la espalda y de una manera anónima, sin embargo el ejecutor la secuestra, la trae a un sitio solitario cerca de un río o un descampado y mirándole a los ojos como yo le miro a Vd. le cuenta porque se le acabó la vida.



f.



Casi todo lo que me estremece









Casi todo lo que me estremece
se pierde en el horizonte
o vive dentro de mí
como una inagotable desazón
que corre por mi sangre.
Hay detrás de las sombras
un quejido de sílabas y símbolos.
No me desnudo ante las cosas
pero si me deja descubierto un verso nítido,
su nieve cayendo desde la espesura de la tierra,
sus raíces de viento, sus letargos de nube,
su cadencia en mi corazón
retumbando incansable al respirar...
Sé que detrás de los poemas hay algo mío que se va,
nunca vuelvo a recuperar esa sensación,
pero me da un cierto escalofrío verla inquieta,
habitando otros ojos que la piensan y la sienten.




f.



De repente vendrá la luz del amanecer







De repente vendrá la luz del amanecer y caerá sobre nosotros como una espada que cortará el aire con su guarismo vertebrado de lumbre. Se irán los gusanos de la noche con su murmullo de perdición, una metáfora que recuerda a las procesionarias al volver a su nido de escarcha y mimbre.
He quemado el incienso, el ángaro sigue consumiéndome como si fuera una brasa de tejo tirada entre la arena... algo de mí sigue muriendo en las veredas de cada noche. No es el insomnio, ni siquiera el deseo de romperme como lo hacen las nubes que recorren los cerros, jirones de palabras que no responden a nada. hay una esencia última, un sendero solitario que va tejiendo surcos, un arado que saja lo que no se puede pronunciar porque camina por dentro con sus huellas devotas y húmedas.
Vendrá la Epifanía, hay demasiadas palabras esperando el tumulto, siento sus cuchillos, las dagas, las luces que guarecen sus cuerpos...escucho lo metálico disolverse en el aire... tal vez muramos juntos, tal vez sea posible que el incendio se lleve con sus manos abrasadas esta primavera de sombras.




f.





miércoles, 26 de abril de 2017

Oigo los pájaros en la frondosidad de la noche






Oigo los pájaros en la frondosidad de la noche,
un muelle con pequeñas antorchas
cuando tú me nombras.
Los pasos traen sonidos del verano,
una corriente eléctrica de lluvia y relámpagos,
la oscuridad entre los árboles
y la piel mojada en el deseo de las sábanas
aunque no importe que sea un suelo de humus
y suene la canción que todavía nos atormenta.




f.




Las horas pasaban








Las horas pasaban desnudando de luz el parterre de rosas y jazmines, aunque todo el fulgor del atardecer tenía el rojo intenso entre las espinas y el aroma nítido de la noche. No dejaba de fumar tus cigarrillos turcos y beber una exquisita ginebra, G-Vine, con hielo picado, apoyado en la barandilla de la terraza, mientras dormías todavía, el sueño más delicioso. Impregnado mi cuerpo de tu olor, veía irse ese largo día tan cercano al solsticio, en el hotel Gradlon de Quimper, mientras el océano se prendía de un fuego inalcanzable.



f.







Luego fue verano










Luego fue verano, fue verano durante mucho tiempo,
duraban las horas largas de la tarde y amanecía muy temprano.
El tiempo se detenía cuando en el silencio del atardecer
huíamos del mundo, lejos, distantes del resto,
entregados a hablarnos muy cerca el uno del otro,
con un racimo de cosas que aguardaban pacientes
a que primero nuestros labios se reconciliaran.
Nunca el silencio se desgajaba de nosotros tomándonos distancia,
más bien era un cómplice, una lluvia azul que lo empapaba todo.




f.





Detrás de las palabras hay un río









Detrás de las palabras hay un río,

un cruzar de desiertos en la noche,

la algarabía de los pájaros al amanecer,

el deshacer de nudos que crea el miedo,

huellas de sándalo, aromas de otros mundos,

canciones, muchas canciones, y lágrimas, muchas lágrimas.

Detrás de las palabras hay un niño que mira al cielo,

con su vieja caña de bambú pesca en el agua turbia del río.

No sabe ya rezar, pero admira como un milagro

el reflejo blanco y rosa de las nubes sobre el agua,

y también el silencio que le rodea,

el que da estar solo una mañana de verano

mientras le mueve el pelo la brisa,

como si fuera una caricia,

mientras se sorprende

de una voz interior que le habla

contándole un sinfín de pequeñas verdades

que él todavía desconoce.





f.



¡Qué oscura es la sombra que arde junto a mí!









¡Qué oscura es la sombra que arde junto a mí!
Quema el sol y quema la nieve
y caen despacio, tiritando,
las pequeñas flores.
Yo voy a cortar las rosas,
todas las que han teñido
siempre de rojo mi camisa,
y empapado en ellas,
he sentido, atravesándome,
la vida y la muerte.




f.



No creo en el amor de los cementerios








No creo en el amor de los cementerios,
sí en el valor de su silencio
roto solo por los pájaros que cantan
bajo un cielo azul
y por el viento que gime en el interior de los cipreses.
Hay luces de noches infinitas,
mientras la ciudad se tiende
a los pies de los que ya nada les importa,
ella sigue su lento deshacerse
en vaivenes de corazones y sirenas
que abren a la noche su voraz destierro.
Otras luces alumbran lejanas,
los astros nos atraen a un lugar inhabitado
con su irremediable eternidad para los hombres.
He viajado por este arcén,
este vía crucis,
un camino sin paradas,
cuando solo el humo
y las cenizas guardan lo último,
la sombra que queda de alguien querido...
ese ir olvidando me parece más humano,
ya realizado el viaje a la nada,
convertidos en lo único que tenemos para ellos:
un lugar en los recuerdos.




f.



Morir en la palabra








Morir en la palabra como lo hace la noche en el canto del mirlo...ahora que no somos nada, dos preguntas que se buscan entregadas a las mareas, dos voces que no reconocen el impulso del océano...ahora que todo lo que tenemos es el aroma que dejaron ciertas sílabas en la carne estremecida y el fragor de una batalla entre un ovillo de sábanas y gemidos.



f.



He ungido del aroma de tu cuerpo mis sílabas







He ungido del aroma de tu cuerpo mis sílabas
para que impregnadas de ti
se acomoden a tu silueta,
anden despacio por tus caderas,
sientan la fibra de tus músculos,
la veracidad de tus huesos,
el respirar de tu pecho,
el sabor de tu boca,
la humedad de tu mirada,
la templanza de tus manos,
el vaivén continuo de tu corazón.




f.




Vuelven mis manos al silencio









Vuelven mis manos al silencio.

¿Qué oculta un verso cuando su imagen es una espada?

Robo al atardecer unas pocas horas,
quiero ser la noche guiada por un ángel exterminador.

Detrás de un orante persignado
hay un miedoso convencido.

Nadie debería creer en el más allá.
Cuando llegué la noche
la herida será incurable
y entonces sabrás que el paraíso
es solo un bello cuento de las innumerables biblias

Tú lo sabes bien,
aunque lleves en tus manos nerviosas un rosario,
una jaculatoria en tu boca y una mentira piadosa en tu corazón.




f.



Recibir lo que nos conmueve








Recibir lo que nos conmueve como si siempre fuera el agua de lluvia que nos trae la niñez, aquellas tormentas que nos dejaban el miedo pero también la ansiedad de reconocernos vivos, intensos en todo lo que al desconocer su significado nos daba fuerte dentro, donde duele... Ahora, sin más ni más, ha venido el crujido de las ramas secas, la bonanza del viento, la cadencia de una caricia, esas calles sin nombre donde todo era tierra, barro o polvo y tú, casi sin saber por qué .dejaste algo más que el tiempo... quizás algo que nunca sabrás expresar qué es, pero que si vuelves a pisar ese lugar se revuelve en ti y desde tu hondura profunda te nombra.




f.




martes, 25 de abril de 2017

Entiendo tu cuerpo como un atlas








Entiendo tu cuerpo como un atlas,
por eso recorro tus desiertos
y bebo descansando de ti en los oasis.
Me instalo entre tus pechos,
con mi boca cercando tu pezón derecho,
así escucho tu corazón bombeando sin cesar
mientras me balanceas levemente cuando respiras.
Tu piel es blanca y todas tus pecas saben de mi lengua,
en esas islas, pequeños volcanes habitados por los pájaros,
anidan los silencios que te estremecen
cuando mis dedos, sus yemas,
alteran el estado normal de tu cuerpo y, aleatoriamente,
van y vienen buscando sin saber qué,
algo que haga de cualquier tarde primaveral,
de nuevo, un instante inolvidable.




f.




No hay venganza en este puñado de sal que deja mi sed.









No hay venganza en este puñado de sal que deja mi sed.
Recuento los dedos de mis manos, me miro en un espejo,
veo su reflejo abandonado en la cama,
sigo siendo por dentro la luz y la sombra de una tarde,
la oscuridad permitida en el silencio,
un hombre temeroso ante el dolor
pero certero en el desafío de lo impronunciable.
Muelles de carga, hombres sombríos con sus gritos secos,
la voraz cadena de las horas uniéndonos de nuevo,
el sufragio salvador del amanecer
va a ser lo próximo que caerá sobre nosotros
al lado donde el corazón escribe sus reglas:
el amor, su ciencia del deseo, su perdida razón ante los hechos.
Uno y otro, casi hemos sido, a ratos, dos entre las sábanas...
y ahora, nos miramos sin saber de que estamos hechos
a parte de este quehacer de anatomía,
huesos y humedad en medio de la luz,
la química enfrentada a lo que siempre consideramos razonable.




f.




Arrastro sombras de invierno





Una casa sin alas el corazón del hombre

Ángel Petisme



Arrastro sombras de invierno,
la nieve que hiela los almendros.
Afloran con su luz las caricias perdidas,
los silencios que habitan en los viejos gabanes,
los pájaros que colgaban en los pasillos
recordando a mi madre y a las primaveras.

Hurgo dentro donde duele,
ese lugar que también soy yo,
un quehacer de queras y noches de insomnio.
La maleza sabe cubrirnos en la oscuridad
con su melodía de que todo está perdido...

Sé que la distancia es cóncava,
como lo era tu voz, tu boca,
el resto de tu cuerpo entregado a ser un juego prohibido,
y ahora, alimentando una verdad que no es la mía.



f.






No hubo en el suelo más rosas








No hubo en el suelo más rosas cortadas por el viento,
solo existía el afán de devorar las horas,
hurgando entre la ropa,
como si la propia vida nos fuera en ello.
De entonces, solo recuerdo el aroma de tu cuerpo,
y el dolor posterior de mi espalda,
nunca llegue a saber
si fue por tus uñas o por las rosas cortadas.



f.




Juego en la noche acariciándola muy despacio mientras duerme








Juego en la noche acariciándola muy despacio mientras duerme, solo rozo su espalda y pongo atención para escucharle respirar en las olas del sueño. Afuera se dejan ver las estrellas, brillantes, titilan ante la inmensidad de la cúpula celeste.
No sé como deshacerme de este insomnio, él me quiebra con su mano de hierro y deja en mí su aliento de frío. El invierno no es solo una estación, tiene también distancia, una senda interior solitaria que te consume lentamente y corta tu respiración con la precisión de un cirujano.
No temo a sus fantasmas, sombras que perduran con la constancia del peregrino, siempre buscan la manera de hacerme sucumbir al dolor de la soledad.
Traen oscuros besos sus labios mojados en el rocío de la verdad, es un suave cristal que quema, nieve sin rencor que corta la piel, mientras permanezco solo, entregado a discernir la realidad del sueño que crea mi mente agotada. Sigo siendo el vigilante que la espera, ansío que me acoja por un instante, que me rodee con sus brazos, y que sienta ahora su silencio, el que emana su cuerpo mientras duerme, el que me da tranquilidad y paz.





f.







He olvidado el guión de mis imágenes







He olvidado el guión de mis imágenes,
la latente lanza, la avalancha derrotando cada instante.
Bebo del surco que inunda tus manos,
laborioso cuenco donde perder mis labios,
asciendo desde las yemas de tus dedos
hasta verter mi humedad,
lacerante mercurio,
en el borde preciso de tu boca,
para allí morir, despacio, mansamente,
envenenados el uno por el otro.

Siervo de esas noches de aguardiente,
calima de luces y de sombras,
urdimbre de la viola,
cuando nadie somos nadie más allá de la brisa.
Adolezco de ti, me faltas y te recuerdo cansada,
semidesnuda con tus bragas azules
y ese aroma que abre el perfil de mi deseo,
mezcla de azahar mediterráneo
y la lumbre precisa de tu cuerpo.

Y me bebo tu sed, tu anhelo,
el crecer herido de tu ansia,
esa hebra del otoño,
hoja vencida del sarmiento.
Me hago tu señor, nube y lluvia
para quemarte, dócil y encendida,
en el vaivén del viento.

De nuevo dormida entre las islas del naufragio,
aislados y con la ropa por los suelos,
oteo ese instante en que al despertar,
como una mujer nueva,
abras tus ojos
y me hables en un idioma
con un alfabeto que siempre desconozco.



f.






Escribo en la noche









Escribo en la noche
sobre su almohada de oscuridad.
Hago frágiles nudos con mis dedos,
hilos luminosos que nombran viajes por Europa,
rescatan del silencio las buenas tardes del verano,
el mar y sus faros, el quehacer de las drizas,
la niebla que invade el bosque y sus nubes de pájaros...
traen desde los confines de la memoria
aquello que dentro de mí ya se ha hecho eternidad.





f.











lunes, 24 de abril de 2017

Hay muelles sin palabras








Hay muelles sin palabras:
tu boca, tu mirada,
la certeza de tus pasos,
ese certero centro de mi deseo.



f.


Ahora derramaros en palabras








Ahora derramaros en palabras, abriros a la noche como los jazmines dejan saber de ellos en la oscuridad...¡que tenue es la luz que vive en la sombra! ¡que veraz es el silencio cuando arde en los labios!...frecuento la abundancia de los verbos y el devenir del aire, soy la solana silenciosa que guarda el calor del mediodía, la urdimbre de la luz y su estancia detrás de una ventana acristalada, una esquina donde gira el viento y te hace repensar en el otoño, la idea fecunda del barbecho, el cáliz donde el vino todavía tiene el aroma de la vieja madera...un trozo de olivo cortado con el hacha que sucumbe lentamente ante el poder del fuego...




f. 



 



La noche cubre con su lumbre la oscuridad









La noche cubre con su lumbre la oscuridad.
No hay rastros del mimbre,
no hay rastros del acoso,
solo un deshacer de gajos,
la holgura del frío en el quehacer del silencio,
la costumbre de recogernos como estigmas,
el valor del símbolo del agua,
la urdimbre veladora, su trenza de luces,
el instante que tiene la humedad en las caracolas,
las calcinadas raíces de la araucaria,
el hacha delatora y su herrumbre de bronce,
el sueño, que con sus pies alados persigue el hielo.




f.







He cerrado los ojos un instante









He cerrado los ojos un instante.
El viento azota con voz de mimbre. Hay acero entre las olas encrespadas
mientras el vértigo
trae su pendiente de lunas,
un deshacernos de arena y lumbre.
Hoy te quiero pedir solo silencio,
perdernos en el bosque,
fundirnos
derrumbados sobre la tierra,
y mirar detrás de la sombra,
contemplar sin descanso
arder el mar.




f.



domingo, 23 de abril de 2017

Semana dedicada a Carmen Hernández Rey en Crepusculario
















No tiene regazo la noche









No tiene regazo la noche,
solo es una sombra desmadejada sobre las cosas.
Protegerla es fácil
estando junto a mí,
insomne vigilante de su sueño,
mientras esparce el aroma de su cuerpo,
semilla fértil que me acalla
entre el ir y venir de las mareas.
No quiero que despierte,
no quiero que esta noche desabrigada de palabras
tenga un brusco amanecer...
veo en su silueta un largo trecho recorrido por la luna,
la verdad que en soledad se me revela:
el amor y el deseo me devoran
con sus pautas, sus símbolos
y la cadencia inaprensible de tenerla.




f.







Frecuento ese lado cálido









Frecuento ese lado cálido que deja en el viento un cuerpo, una costumbre de aire, de huellas, de vuelo de pájaros...el aguardiente que trae el silencio envolviendo la luz...



f.




Alargo la mano. Cierro los ojos.







Alargo la mano. Cierro los ojos.
Siento en mi piel la brisa húmeda.
El mar es una costumbre,
un deseo inequívoco.
Certera soledad la que me da sus brazos.
Me acoge como solo él puede hacerlo,
aquí, perdido en medio de la mañana.
Contemplo el bosque de coníferas,
escucho de fondo la algarabía de las gaviotas
buscando incansables el horizonte,
mientras, sinuosa,
la senda de espuma
rompe siempre sobre mis pies.
Desde que el tiempo es tiempo,
el mar hace en la eternidad de la playa
algo parecido al respirar de un corazón.




f.




Sílaba a sílaba te desnudo









Sílaba a sílaba te desnudo,
golpea tu corazón un océano rebelde.
Me dejo caer entre tus pechos.
Lamo del pecado la estructura perfecta de tu cuerpo,
la senda precisa de mi llegada deja lumbre, brasas,
buscando el ardiente calvario de tu vientre.




f.






Acaso este fondo de armario








Tal vez alguien pueda compartir la soledad
pero nadie podrá nunca explicarla.

R. Juarroz


Acaso este fondo de armario
donde conservo las cosas imprecisas,
todas las cosas que me duelen y no sé explicar
tengan su línea azul quebrada,
sean en realidad mis fantasmas,
las grietas de la oscuridad,
lo que siempre da miedo mirar de frente.

Respiro contemplando mi rostro en los charcos de las calles,
busco lo que no puedo describir con las palabras,
lo inquieto que se remueve en mis pupilas
como si todavía hubiera un tiempo de espera
cuando al fondo del agua
siempre queda el recuerdo del barro,
todo lo que determina tu vida
y que quieras o no
se ha de hacer invisible
para los demás.



f.




sábado, 22 de abril de 2017

Hoy soy de la lluvia









Hoy soy de la lluvia, de aquella que traen los monzones y lo inunda todo,
de la que te persigue hasta ahogar cada palabra en medio de un río profundo, que sin márgenes visibles te rodea la vida. Solo soy de la lluvia, la que cae desde la lejanía del horizonte hasta el otro extremo de la Tierra, y me va empapando por dentro con su laborioso tejer de soledad y silencio.



f.







Soy el movimiento de las sombras







Soy el movimiento de las sombras,
el silencio frente a la luz,
el dolor de la espera,
el beso con los ojos cerrados,
el escalofrío en la espalda...
lo que anuncia los surcos de las manos:
el verbo que trae el Adviento.




f.





Fotografía de Elena Sariñena




Desármame de nuevo










Desármame de nuevo.
Cruza en el pliego soberano de la luz
y cubre de esteras amarillas la cama,
el túmulo de amapolas y surcos de gravilla.
Sé la dueña de la estancia de las horas pérdidas.
Ahora un silencio de alondras vuela entre nosotros,
la humedad de todos los rincones
tiene el aroma de tu cuerpo,
soy tan solo el vencido
cuando tu reinas y la noche se deshace.




f.





Para todo lo que poseemos hay una quera,







Para todo lo que poseemos hay una quera, un descender despacio en la noche a nosotros mismos, engrosar la argamasa de un viejo muro, cavar una zanja donde reposamos, saber de ese hundimiento de todos los sueños…toda la verdad que la desolación sabe dejar al lado mismo del corazón.




f.




Anda con sus menudos pies descalzos sobre la tarima






Anda con sus menudos pies descalzos sobre la tarima.
Deja el breve instante de lo impreciso colgado de mis ojos,
un hueco de sombra y luz, la tibia sensación de su peso.
Los pájaros siempre tienen sus alas preparadas para una nueva caída.



f.




viernes, 21 de abril de 2017

He venido despacio como la primavera se desliza en abril









He venido despacio como la primavera se desliza en abril,
pero no tengo en mi cuerpo el aroma del romero,
ni flores silvestres que recuerden la salvia
o a la roja llamada de las amapolas
que crecen sin medida en las cunetas.
Soy todavía una mirada, un silencio habitado,
mientras un extremo impreciso del invierno me recorre
y se decanta en mis venas como una fría llamada del pasado.
Perduro en ti, porque mis palabras caminan solas por tu anatomía...
ellas saben de ti, lo que sin decirles adivinan cuando gimes mi nombre.




f.




Me siento en el suelo





Me siento en el suelo. Apago la luz.
Noto en el aire la brisa fresca de la noche y miro en la autopista lejana como van y vienen itinerantes las vidas de los que viajan en los automóviles a la velocidad media de ciento veinte kilómetros por hora.
No sé por qué me ha dado una punzada, un golpe de mar hacia adentro, hacia una sima oscura, un salto de agua que me ahoga…
Debe ser en parte la soledad nocturna o esta humedad que sigue trayendo las primeras noches de la primavera cuando el insomnio y yo jugamos una nueva partida.





f.



Hablaba de todo lo que me traía el otoño









Hablaba de todo lo que me traía el otoño,
la lluvia como un quehacer de voces y silencios.
Una humedad que siempre me conmueve
cuando miro al vértigo gris del horizonte.
Así y todo era feliz perdido entre las callejas y plazas de Venecia.
No es lo mismo esta ciudad de laberintos con la lluvia,
te recoge en sus tortuosos caminos de puentes y canales,
un triste silencio de palacios solitarios, dignos ante su decadencia,
donde la herrumbre y la humedad va vaciándolos para solaz de gatos y basura.
Sé que siempre he de volver para morir en Venecia
y en sus "campos" abiertos al cielo
anda todavía la larga espera de mi vuelta.




f.




Cabe en la lentitud de la tarde un cuerpo en las manos










Cabe en la lentitud de la tarde un cuerpo en las manos.
Un abrazo de barro sobre el barro,
de lluvia sobre la tierra mojada.

El aroma de un cuerpo
puede traer el caolín,
la piedra quebrada,
el sílex tallado por invisibles dedos
sobre el crecer armonioso de los girasoles.

Volver sobre el mar,
el caer de las horas,
la voraz ansia del silencio,
los pájaros en el cruce de la noche...
sabed que siempre hay detrás de la sombra
unos gramos más de insospechado destino.





f.




IXº










El valor de una despedida se queda en el poso del tiempo.

¿Cuánto dolor cabe en ese instante?

¿Cuántas veces vamos a rememorar ese último momento?

La urgencia del momento en un andén o en un aeropuerto

no la tiene cuando es por ejemplo en un café,

donde todavía hay un trecho para preguntarnos,

sin ambages ni artificios, él uno al otro por el mañana.




f.




Escribiré









Escribiré sobre tu espalda mi bitácora de viajes.
En tus pechos dibujaré una senda para mi boca.
Tu vientre será un rincón de luz y de tormenta...




f.



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