Fernando Sarría

La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco

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sábado, 21 de enero de 2017

No sé cómo vencerte







No sé cómo vencerte.
Cómo hacer que esta calima
tenga solo el cáliz del mar,
la veracidad de sus costas,
la sabara en que mis palabras te envuelvan.
He dejado atados los perros de la guerra,
sin panoplias ni escudos protectores,
casi desnudo, me acerco a ti,
quiero acariciar tu silencio
con el quehacer lento y laborioso de un alhaquín,
tejiendo una tarde con pájaros y nubes rojas
que iluminen la noche, tu noche.



f.




viernes, 20 de enero de 2017

Un poema tiene a veces...







demasiadas palabras
para hablar del silencio.
Por eso la poesía
deja entre los dedos
la humedad intangible,
la luz de una vela,
cierta sabara en los ojos,
la sombra alargada
de una presencia
que nos respira.



f.







No me urge esta canción de invierno







No me urge esta canción de invierno,
saberme tan solo una humedad y su sombra perenne
habitada como un árbol de hojas con nombres y palabras.
Si hecho de menos algo del pasado
es el tiempo de las lanzas y el juego del gato con el ovillo de lana.
Sé tanto de mí como de este abandono que a diario me hago,
no hay sueño que cierre mis párpados
ni mis lágrimas tamizan el suelo.
Casi silencioso respiro la hondura de esta daga,
soy de la umbría su mirada,
el quehacer laborioso de las abejas en el vértice del cielo,
la luminosa esperanza de una luna,
blanca y hervida entre los pliegues de la noche.
He apagado el último cigarrillo.
Es tarde para descansar
y en la radio suena una música que ayuda a olvidar.
Luego vendrá el amanecer y seré de nuevo un viajero:
la otra mirada que oculta el horizonte.



f.




Nadie salva a nadie









Nadie salva a nadie
ni aunque en sus manos,
temerosos,
se guarezcan derrotados
los lobos de la noche.
Hay pérdidas que nos trae la lluvia,
hondos silencios que emergen entre unos labios rojos,
sombras que caminan junto a nosotros
por un precio moderado,
mientras somos puertos y andenes de paso,
y las luces de las farolas,
emergen como el neón de las casas de citas,
dejando rastros diseminados de vida...
dándonos sin piedad
el lado más amargo de la supervivencia.



f.





En el atlas de un cuerpo no caben más islas







En el atlas de un cuerpo no caben más islas,
si acaso lo que deja el mar después de la noche,
una marea de huellas y silencio.
Detrás de mí o a mi lado,
no hay sueño que desgarre más
que el del dolor de la lumbre,
la tibia enseñanza de la ausencia,
el aroma de lo que ciertamente no se olvida.



f.





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