como si fueras un día completo
en el que apenas cabe nada.
Eternizar mis pasos por tu cuerpo,
en esas calles y avenidas
donde el sol se reposa y me habla.
Esperarte en la boca,
en tus orejas y en la nuca
desnudando todas las palabras
y engendrando humedad
en los silencios que te arrastran.
En tu vientre descansará mi boca
y mi lengua se someterá
a un juego de ochos y círculos perfectos.
Ya sé que entonces serás como la lluvia
y que en tu sexo un manjar me esperará caliente
para devorar las horas
y así morir entre tus piernas
en el frenesí de un momento inolvidable,
sin lunas y sin estrellas,
en mitad de unas sábanas revueltas,
solos en el gesto impreciso y mecánico de tu gozo y el mío,
sudorosos y follando como unos locos antes de morir.
el pálpito perdido de los astros,
la luz de un relámpago,
el sueño perfecto de un ciego.
Alcanzarla desde abajo cuesta.
Deben abandonar mis manos tus muslos,
el desnudo realce de tus glúteos,
la suavidad de la piel,
para llegar a ella.
No deja de ser una nueva prueba.
Perderse en la selva cercana de tu sexo
o en este rincón
donde el mundo se deja oír en un gemido intenso,
es la tentación primaria que me absorbe.
Pero he de llegar a resucitarte entre tus vértebras,
a sentir la música que nace
al pasar las yemas de mis dedos,
una por una, para llegar hasta tu nuca,
tu cuello, tu pelo,
y sentirte entregada,
deshecha entre mis dedos,
dispuesta a morir en mi boca,
entre mis labios y la humedad de mi lengua,
con un ronroneo
que en nada tiene que envidiar
al goce de los gatos.
Leed la esplendida crónica de Antón Castro










