La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco

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miércoles, 2 de febrero de 2011

Me escribía...






Me escribía cada tres o cuatro días. Sus cartas venían en aquellos sobres ribeteados de rojo y azul que ponía Air Mail y con sellos con la figura de La liberté de la República Francesa.
Me contaba de la vida en París en un frío invierno, los amigos comunes que veía los fines de semana, sus padres, las clases que daba en La Sorbona y sobre todo lo que me echaba de menos.
Me preguntaba por todo lo que me rodeaba en la ciudad y me guardaba casi para el final sus pequeños reproches de que le escribía poco y que no le decía nada de cuándo iba a volver.
Siempre acababa con un ¿me quieres?, yo sigo amándote y colocando en el sobre alguna foto de ella o de París.
No sé que fue de aquellas cartas, las iba metiendo en una cajita de madera que ella me había regalado decorada con un símbolo espiritual.
Al recordar aquellos momentos no puedo dejar de sentir esa punzada amable que siempre trae la nostalgia.








F


domingo, 9 de enero de 2011

La estación de Lyon










Me miraba dentro, muy adentro, como queriendo salvar esa distancia que inexorable iba a ir surgiendo con el tiempo. Sus ojos claros reunían el fuego de los días pasados juntos, sus labios hablaban sin parar en español y en francés como nunca...de proyectos, de cariño, de dolor, de esperanza, de dulzura de la piel, de nuestras canciones, de aquellas noches sin tasa, del verano en el mar Mediterráneo, de los paseos por el Sena y las Tullerias y del sabor de mis labios en su boca...los dos sabíamos que todo sería parte para siempre de nuestra propia historia, esa que se va trazando sin ventajas y que dura en nosotros, y que a lo mejor, el milagro del azar, nos traería otro verano y otras canciones para recordarnos.
No lloraba en aquel andén de la estación de Lyon, pero el día brumoso de octubre dejaba una humedad en sus ojos que le daban un color más a la eternidad del horizonte que al azul reconocido de su mirada. Supe entonces que aunque solo fuera por eso la iba a echar siempre de menos.















F















martes, 4 de enero de 2011

Recorría París en soledad













Recorría París en soledad aquellos últimos días que me quedaban antes de volver, mientras ella había empezado de nuevo sus clases y su vida normal yo, apuraba el tiempo, esos días de otoño cuando las hojas de los árboles empezaban a llenar las calles de un intenso color amarillo. Habíamos ido a Fontenebleau y paseando entre los jardines ella se resistía a aceptar la realidad de mi regreso a España, no podía nombrarlo, no dejaba de hacer proyectos en que los dos viajábamos a Normandía y a Bretaña para los próximos meses en que nos iban a separar cerca de 1000 Kms.
Yo le cogía las manos entre las mías, siempre las tenía frías, y masajeándolas y besándoselas en silencio le decía Françoise te escribiré casi todos los días…pero ella meneaba la cabeza negándose a aceptar la pronta realidad y alejándose de mi unos pasos andaba rememorando el verano y el mar Mediterráneo mientras silbaba alguna canción como si todo lo demás no tuviera ninguna importancia.







F












lunes, 13 de diciembre de 2010

Chartres







Vino septiembre, como a veces viene en un trajín de lluvias y París se preparaba al otoño enturbiado por un mes lleno de tormentas y días grises.
Françoise volvió a La Sorbonne, estudiaba Historia del Arte, le seducía especialmente el gótico y me hablaba de las hermosas catedrales existentes en Francia hechas en ese estilo artístico. Yo le bromeaba y le reclamaba que pusiera una atención especial a las catedrales de España, sobre todo, las que existían a lo largo del camino de Santiago, pero ella sin negar su hermosura prefería las de su país…en realidad estaba embrujada por la de Chartres y sus esplendidos vitrales ante lo cual yo me sonreía pero debía darle la razón sobre sus vidrieras.
Viajamos varias veces allí durante esos días y cuando se encontraba en medio de la intersección del crucero con la nave central daba vueltas sobre si misma muy lentamente y se extasiaba con el color y la luz que la elevaba hacia el cielo, quedándose muy quieta durante bastante tiempo mirando el rosetón.
Volvíamos en el tren ya de noche y se acurrucaba en mis brazos, esos días no paraba de hablar, entonces me contaba cosas de sus niñez, me recitaba poemas de Rimbaud que se sabía de memoria o alardeaba de conocer mejor que yo la obra de Cernuda…yo, simplemente la acariciaba y guardaba silencio mientras pensaba en que el tiempo con ella se me estaba acabando y debería volver a casa, a despertar a la realidad cotidiana.











F


sábado, 11 de diciembre de 2010

Aquellas noches de verano










Por las noches mirábamos al mar, a la luna que viajaba lentamente en la oscuridad de las olas y en el reflejo alargado de su luz blanquecina hasta el horizonte. La cala desierta nos dejaba tener la complicidad del fuego en la arena, una fogata con troncos secos, mientras que los cercanos pinos nos abarcaban haciendo del sitio un lugar acogedor y muy preciado donde ella y sus amigos ya venían desde hacía años.
Bebíamos cerveza y comíamos medialunas de queso y de jamón y algún sándwiches de un fiambre alemán un poco picante pero que yo devoraba con gran avidez.
Sonaba la guitarra en las manos de Valerie y su voz, rota y profunda, nos hacía callar con pequeños retazos de canciones francesas y mucho Beatles, era el preámbulo antes de abrir las botellas de ginebra y whisky, y como un viejo ritual establecido y en coro, tarareábamos los estribillos más conocidos.
Ella siempre dejaba reposar la cabeza entre mis piernas, buscaba mi boca y me besaba el cuello y jugando con su pelo a hacer tirabuzones silbaba muy bajito, en sus ojos quedaba impresa la sensación de una alegría limpia, casi infantil, que solo el amanecer disipaba.






F











jueves, 9 de diciembre de 2010

Días de verano








Casi todas las mañanas de aquel verano se lo pasaba en la playa.
Recorría los trescientos metros desde el apartamento de sus padres vestida con una pamela blanca que se movía acompasada y ondulante siguiendo el ritmo de sus pasos pequeños pero llenos de sensualidad. Yo no iba a recogerla hasta casi la hora del mediodía, me levantaba muy tarde y compraba el periódico, solo cuando todo el sol de julio ya en su cenit deslumbraba, me guarecía detrás de unas gafas de sol y sabiendo donde se colocaba en la playa la apremiaba para buscar la cantina del puerto, donde tomábamos unas cervezas frías, a salvo, en la sombra o debajo de los dos grandes ventiladores que refrescaban un poco el ambiente.
Las tardes después de la comida eran de silencio y reposo aunque ella ponía bajito el tocadiscos para escuchar canciones de Moustaki y Brassens mientras fumaba los últimos cigarrillos Gauloises que le quedaban y bebía uno tras otro un pastis muy aguado.
Miraba de una manera obsesiva al horizonte buscando el mar mientras tarareaba las letras en francés y de vez en cuando me sorprendía y se acercaba a mí llenándome de besos y así dejarme un sabor dulzón y anisado en la boca durante un buen rato.







F











miércoles, 8 de diciembre de 2010

Bonsoir tristesse






Era rubia y tenía unos ojos azules con ciertos tonos de grises que resaltaban mucho cuando era mediodía.
Tal vez caminaba con ese aire sofisticado de las francesas en las películas de los años sesenta y vestía como ellas con jerseys de cuello alto negros de angora y con unos pantalones de pitillo a cuadros pequeños negros y blancos, portaba algún gorro con la elegancia de Audrey Hepburn y siempre reservaba para mi una mirada penetrante llena de silencios que tampoco alejaba con sus palabras…Ella decía que se llamaba Françoise y yo al irse de mi lado cada atardecer siempre le decía muy bajito bonsoir tristesse.







F



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