La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco

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domingo, 19 de agosto de 2012

Café París I





En París hay varios ritmos de vida que se contraponen, uno que respira la luz entre las calles de adoquines, parques y jardines, los edificios majestuosos con sus tejados de pizarra y el río…el Sena…que hace con sus meandros un ir y venir por esta ciudad de dos mil años a la que vértebra y da con sus puentes y sus paseos un punto que sabe distinguir enseguida el viajero y que incita de repente a pararse y mirar sin más el agua para sentirte en otra parte…
Existe otro París de raíles y trenes que circula por debajo de la piel de la ciudad como las venas de un gran cuerpo y en la que se mueve sin parar el crisol humano…nadie es más que nadie en este correr sin pausa de estación en estación, trasbordos y locura ante la que no se puede más que continuar bajando y subiendo escaleras mecánicas y caminar por pasillos donde se oyen músicos y puestos de frutas y periódicos….todo es extraordinariamente rápido y silencioso entre miradas y silabeos entre las personas.
Pero algo que me hace siempre sorprenderme son sus cafés, en ellos hay una relación entre las mesas y los consumidores cuando se paran a beber una cerveza, un café o tranquilamente hablan de sus cosas.
Eso sí, a la hora de comer todo se transforma, el tiempo se para y en minúsculas mesas con pequeños manteles se crea una atmosfera especial después de aprender la formula más idónea para elegir los platos del día. Sin prisas los camareros te traen las viandas preparadas al gusto francés y todo se va consumiendo tranquilamente, paladeando, conversando, con un reposo casi inaudito para una urbe de tantos millones de habitantes y que es uno de los centros económicos del mundo.



F


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