La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco

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martes, 26 de septiembre de 2017

Es posible que ciertas noches de insomnio...











Es posible que ciertas noches de insomnio tenga rodeando mi cama oscuros hurones que demandan su astrolabio.

Es posible que la sed de la noche, el desmembrado signo de la vida que me oprime no sea más que la voz de un oráculo sin futuro.

Que mi boca calle y sea solo un vaivén de fiebre y sueños mientras los dioses, esos dioses vuestros, y sus espíritus juegan a derribar el mundo.


Respiro el vaho de lo imposible mientras escucho pasar cerca los últimos trenes de la noche, tan tristes y anónimos como los besos dados en la boca de la ausencia, tristes amores de neón, de música, de alcohol y con precios tasados de mercado.

No hay inviernos que pasen por mi, son todos ese lugar que se habita de sierpes y desiertos, los que dejan en la boca el sabor de las acacias, lo áspero, lo ruin, lo transitorio.

No me doy lastima, ni quiero que esta quera que me deshace tenga más trabajo nocturno, aunque siga derramándome en silencio...quizás sea la calidad de la sangre, lo espeso de cada pensamiento, la variedad del virus que me habita o este dolor en el costado que abierto a las antiguas ciudades de mi vida tiene nombres de islas y canciones tristes.




f.





miércoles, 28 de junio de 2017

Sobre lo que no escribo y callo también dejo palabras








Sobre lo que no escribo y callo también dejo palabras,
son huellas de pájaro que se deshacen en la tarde.

Paseo por las plazas vacías donde las palomas naufragan.
Ese lugar donde el silencio es de un mes entero
y los bancos se reservan las horas solitarias para morir al sol.

No me preguntéis por las razones que marcan la vida,
el destino de los astros es envilecer nuestros sueños,
hacernos diminutos ante el significado de su eternidad.

Yo sigo contemplando los crepúsculos,
en ellos se quedan olvidadas mis palabras más sinceras,
tendidas ante el último y encendido rayo que ya enmarca la noche.

Que fácil nos es morir en los arrabales de las cosas profundas.




f.






jueves, 20 de abril de 2017

Arde el fuego sobre el fuego









Arde el fuego sobre el fuego
como la sombra se hace más sombra en sus horas de silencio.
Es del invierno la voz que clama,
el auriga que trae bajo su manto el aroma del incienso,
la señal elevada al cielo, lo gris y lo ebúrneo,
el acíbar que nos hace murmurar para adentro.
Llegamos solos del laberinto, sin nada entre las manos,
con las calles adormecidas por la fiebre
de una ciudad que se derrumba bajo la caída de la noche.
Suena voraz la campana, su votivo fértil,
mientras yo me remonto
a los viajes de la niñez en que me he perdido.
Horas de oscuridad entregadas al recuerdo
y al valor doble del sonido inequívoco del bronce.




f.



fotografía de Roberto Vivas




sábado, 8 de abril de 2017

Es posible que ciertas noches de insomnio...








Es posible que ciertas noches de insomnio tenga rodeando mi cama oscuros hurones que demandan su astrolabio.

Es posible que la sed de la noche, el desmembrado signo de la vida que me oprime no sea más que la voz de un oráculo sin futuro.

Que mi boca calle y sea solo un vaivén de fiebre y sueños mientras los dioses, esos dioses vuestros, y sus espíritus juegan a derribar el mundo.

Respiro el vaho de lo imposible mientras escucho pasar cerca los últimos trenes de la noche, tan tristes y anónimos como los besos dados en la boca de la ausencia, tristes amores de neón, de música, de alcohol y con precios tasados de mercado.

No hay inviernos que pasen por mi, son todos ese lugar que se habita de sierpes y desiertos, los que dejan en la boca el sabor de las acacias, lo áspero, lo ruin, lo transitorio.

No me doy lastima, ni quiero que esta quera que me deshace tenga más trabajo nocturno, aunque siga derramándome en silencio...quizás sea la calidad de la sangre, lo espeso de cada pensamiento, la variedad del virus que me habita o este dolor en el costado que abierto a las antiguas ciudades de mi vida tiene nombres de islas y canciones tristes.




f.



viernes, 13 de enero de 2017

Solo tengo un sueño de niño







Solo tengo un sueño de niño por el que viajan los convoyes de la noche.

Los viejos y oscuros mercancías con su sonido metálico de lluvia.


Poseer del amor lo triste,

esa cadencia de verbos que deja el alba

como un cuchillo ardiente que corta las palabras y los labios.


Beber despacio el adviento.

Sentir el arado sobre la tierra derramada

en la que siembro luces y sombras,

y quejarme por el dolor de los huesos magullados en la noche.


Escucho el mar, las olas, la marea alta,

mi voraz senda de bosques y atalayas,

la luz de ángaro que deja en lo sombrío su propio morse,

su mano tendida entre las aguas y la lejanía.


Después amanece y es hora de silencio

cuando vuelan los pájaros sobre los cipreses

y sin saber por qué las huellas del invierno

son las últimas estelas que deshacen las nubes.


Nevará este día triste.


f.



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