La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco
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jueves, 26 de febrero de 2009
Los relatos a la biblioteca de Babel
Querid@s amig@s a partir de ahora todo los relatos y afines van a salir en la biblioteca de babel saldrán mientras haya los jueves y domingos...
miércoles, 25 de febrero de 2009
Olla a presión
La cocina se veía preciosa, colgaba un jamón de Casa Conejos y el frutero estaba lleno de naranjas y plátanos. Mientras troceaba los champiñones reflexionó sobre la habitabilidad de esos 70 metros, unas veces monasterio y otras guarida.
Por qué lloras, le preguntó él, porque no encuentro el pitorro de la olla ,dijo ella..
Autora : Isabel Izquierdo
F
domingo, 22 de febrero de 2009
Libación

Debe de ser mayo por la luz, porque está llena de insectos y de pájaros, luz líquida que cae de lo alto como un torrente. Quizá estemos en un prado, rodeados de setos donde brillan los espinos, los rosales silvestres, los fresnos. O quizá estemos en el alto puerto donde danzan los grillos como pequeños demonios. Debe de ser mayo porque la luz huele a miel y vibra como la cuerda de un salterio.Sobre la yerba lozana un cuerpo desnudo. Joven descuidado, tendido, dormido al sol. Es bello como las montañas, saludable como los brotes que crecen entre sus miembros extendidos. Su vientre huele a trigo verde: es un trigal espeso del que sobresale su falo erecto como un recio lirio morado. Imagen del vigor, de la paz verde y definitiva. Adán en el Paraíso, que duerme en la luz como si fuera el único hombre sobre la Tierra, en el Edén todavía sin puertas. Proyectado contra el cielo, abierto de brazos y piernas, siente el crecimiento de la yerba entre sus dedos. Siente cómo su falo se endurece al sol como el brote nudoso de la higuera.
El vuelo de una mariposa sobre la yerba: diminuta cometa exploradora. Papilio macaon que planea sobre las flores, como en vilo en la luz; que planea sobre la yerba, sobre el brote de carne viva que se alza en el prado hasta posarse en el glande, yema rotunda donde se agolpa la sangre. Ahora bate las alas como un resorte: una, dos veces, como dudando, hasta desplegar con deleite su delicada trompa, muelle de reloj, lengua que penetra poco a poco en la uretra como una larga sonda, golosa, exploradora, buscando el fondo, la raíz oscura donde espera el néctar. Con inquietud de insecto persevera en su afán resbalando sobre el glande que brilla como un pétalo.
Y al fin una gota, una lágrima de látex brota en la uretra, mana y resbala de la abertura donde la sonda del insecto sorbe con renovada avidez.
Debe de ser mayo porque el prado huele a flores, huele a miel, huele a leche; huele a boj y a hombre joven y el olor y la luz lo llenan todo.
El vuelo de una mariposa sobre la yerba: diminuta cometa exploradora. Papilio macaon que planea sobre las flores, como en vilo en la luz; que planea sobre la yerba, sobre el brote de carne viva que se alza en el prado hasta posarse en el glande, yema rotunda donde se agolpa la sangre. Ahora bate las alas como un resorte: una, dos veces, como dudando, hasta desplegar con deleite su delicada trompa, muelle de reloj, lengua que penetra poco a poco en la uretra como una larga sonda, golosa, exploradora, buscando el fondo, la raíz oscura donde espera el néctar. Con inquietud de insecto persevera en su afán resbalando sobre el glande que brilla como un pétalo.
Y al fin una gota, una lágrima de látex brota en la uretra, mana y resbala de la abertura donde la sonda del insecto sorbe con renovada avidez.
Debe de ser mayo porque el prado huele a flores, huele a miel, huele a leche; huele a boj y a hombre joven y el olor y la luz lo llenan todo.
Autor : Carlos Bozalongo
viernes, 20 de febrero de 2009
Abre la puerta

Abre la puerta, mano en el pomo, cuello que gira, cama vacía al fondo de la habitación. Ropa tendida en el suelo. El cesto sin nada, como su estómago. Las tres y sin haber comido aún. La ducha, al fondo, escurre un ruído que se le clava y le aminora. Frío en los pies es lo mismo que tener la cabeza perdida. Se sienta en el borde del colchón. Ahora, vuelve aquí, deja la ducha e intenta atravesarme para siempre, juro que podrás retorcerme hasta dejarme sin aliento. Pero a nadie le apuñalan después de haberlo matado. Se pone en pie y va a gritarle, tenso, imponente, pero hablar demasiado, decir demasiado, acaba siendo igual que guardar silencio. Un preservativo caducado en el cajón primero de la mesilla izquierda. La esquina derecha del colchón. Su mano y el ruido del agua que lo anega todo. La última derrota, su forma de decir era verdad que ganabas siempre. Tuya es la victoria y mía la retirada, tuyo el poder y la gloria, dejémoslo así. Y el semen, caliente todavía, se escurre más allá, por detrás de sus pasos. El condón arrugado se enfría en el suelo. Ésta, cuando todo ocurra, su carta de adiós definitiva.
Autor: Alberto Acerete
Autor: Alberto Acerete
F
miércoles, 18 de febrero de 2009
Carta desde mi celda

Querido:
Tu aviso para que no me entregase a la policía llegó tarde.
Me detuvieron un par de semanas antes, claro que a ti te ha dado tiempo de gastarte el botín.
Hoy he recibido el brillante. Como te quiero.
Va a venirme de fábula para cambiarlo por tabaco.
Siempre tuya.
Autor: Anónima
F
lunes, 16 de febrero de 2009
LA FOTOGRAFÍA

Miro la fotografía como si fuese el último eslabón que me une a la vida, como si no me quedara nada más que eso: su imagen perfecta, su belleza inmarcesible, su sonrisa eterna.
No me conformo con pensar que al menos durante un tiempo hemos compartido algo de nosotros mismos, que su vida y la mía han oscilado sobre un mismo eje, que hemos compartido un proyecto común –un proyecto minúsculo si se quiere, quizá hasta insignificante, pero tan real y tan vivo como mi deseo lacerado y brutal–. Cuando por fin decidió que se iba, que me dejaba aquí solo y abandonado, cuando se convenció de que ya no podía ofrecerle nada más, supe que con ella se iban también todos mis sueños esquivos de adolescente, mis ansias de pasión y gloria, mi futuro ya para siempre extraviado. Otra vez –una vez más, diría yo– me quedaba a solas con mi cámara, con el más fiel de los compañeros, el único ser que nunca me ha fallado y que jamás lo hará.
Ahora tendré que acostumbrarme de nuevo a los silencios de este viejo estudio, a mi minúscula vida de fotógrafo de barrio, reconocerme en el tipo vacío y ajado que era antes de que ella entrara por la puerta. Mucho me temo que hasta dentro de algunos meses ya no necesite hacerse más fotos de carné.
Autor: Carlos Manzano
F
sábado, 14 de febrero de 2009
OJOS
Se dejó las lentillas, una noche en mi casa…
Yo, desde entonces, guardo sus ojos entre los diminutos secretos de mi mesilla.
Y es así como puede mirarme sin que nadie le vea, detenido, palpitando en cada detalle de mi cuerpo blanco y dejando que su pupila incolora resbale bajo la seda negra que se refleja en el espejo del tocador.
Y es su vista, ojo que toca.
Y es su tacto, mano que ve.
Después, con el tic tac de fondo cuarteando el silencio, con el murmullo de la cafetera que rompe los sonidos del amanecer, él observa como descorro lentamente las cortinas, como el rayo amarillo baila al ritmo del tintineo de esas anillas de madera que sujetan el visillo, como el sol posa sus dedos templados sobre mi hombro desnudo, astro rotundo que me obliga a esconder dos trocitos de cristal en el primer cajón de ese pequeño mueble…únicamente mío.
Autor: Carmen Aliaga
miércoles, 11 de febrero de 2009
La tortuga

Me encontraba sentado ante una mesa, en medio de una habitación fuertemente iluminada cuyo suelo y paredes se hallaban cubiertos con baldosas blancas. Manos extrañas me iban pasando ante la vista diferentes platos de comida que yo rechazaba sucesivamente. Intentaba ver el rostro de aquel o aquellos que se me acercaban, pero nunca lo conseguía. Creo recordar que una pereza invencible me poseía como encadenándome a la inercia, impidiéndome incluso levantar la vista de la mesa. Finalmente, un aroma a empanada lograba vencerme. Comía entonces ese algo envuelto y rebozado, que me resultaba muy sabroso.
A partir de ese momento, lo que comenzaban a entregarme, pausadamente, eran dibujos extraños. Una gran cantidad de láminas iba pasando por mis manos: yo contemplaba una ilustración hasta que otra me era entregada, y conforme las recibía y las estudiaba, las iba apilando ordenadamente sobre la mesa. Algunos de estos dibujos eran series que ilustraban raras formas de objetos, desconocidos para mí y de función y utilidad incomprensibles, los cuales eran representados desde diferentes puntos de vista. Y esto me alarmaba, porque esa pluralidad de perspectivas para un mismo modelo, por muy inabordable para mi entendimiento que el mismo resultase, demostraba una cercanía y un realismo que contrastaban con la deformidad de los objetos y figuras plasmados. Aunque la mayoría de las veces las láminas representaban simples artefactos aparentemente inanimados, a veces se llegaban a reconocer seres vivos, pero siempre de especies inverosímiles e irreconocibles. Me decía a mí mismo: "si alguien, dibujando, se ha tomado la molestia de reflejar todas estas cosas desde diversos puntos de vista es que tales cosas existen". Esto me provocaba un susto inicial que se transformaba en un enfurecimiento ante la idea de que tales cosas existieran. Más en concreto, me producía una misteriosa rabia la evidencia de que semejantes rarezas y extravagancias fueran reales y de que nunca, en los años de mi vida, se me hubiera informado de su existencia: ni en la escuela, ni en el cine, televisión, libros, conversaciones, en la vida cotidiana…
Por último, ponían en mis manos una cartulina que me sobresaltaba, provocando en mí un desasosiego de naturaleza impenetrable: consistía en la imagen de una tortuga con un inmenso caparazón. Cada gruesa placa de ese caparazón lucía manchas negras que resaltaban sobre un fondo blanco mezclado con reflejos caprichosos de luz, hábilmente reproducidos por el artista. Era una lámina de gran formato, y presentaba un dibujo minucioso en su detallismo, donde cada particularidad de aquel ser quedaba fielmente consignada. De toda la extensión de aquella cobertura córnea del animal, destacaba muy claramente en el centro una extensa placa en cuya mancha negra podía identificarse, perfilado con nitidez, el mapa de Europa. En la siguiente plancha que era colocada ante mis ojos, se veía al animal de frente. Pude observar así con detalle su cara, en nada semejante a lo que podía yo haber conocido en otros ejemplares y especies de tortugas. Puedo decir que aquel era en verdad un rostro, el de un ser dotado de conciencia: un semblante con expresión torva, claramente humana, donde destacaban unos ojos rojizos de una malignidad aterradora.
Autor: Ángel Sobreviela
F
lunes, 9 de febrero de 2009
Caducidad en los bolsillos

Llegó extasiada con el rumbo perdido en su propia casa, con los pies descalzos.
Desnuda con el alma hecha jirones y en el bolsillo de su mente sólo el martilleo constante de una prescrita caducidad.
¡Un año de vida!
Le colgaron en la espalda un código de barras aquella tarde sombría. Lucía el sol tras los cristales y a pesar de ello un velo de nubes grises entorpecía la luz que entraba por las ventanas.
¿Que haré? Se preguntó mientras besaba en la distancia a sus hijos ausentes del mal que la oprimía. ¿Por dónde empiezo? Preguntó al llegar su familia.
Mañana una nueva persona vivirá dentro de mí, se repetía. ¿La quimioterapia y sus efectos secundarios, o la vida tal y como hasta ahora disfrutaba?
Al fin y al cabo, la fecha de caducidad se cumpliría, si ella no hacía nada por evitarlo.
Miró tras los cristales perdiendo la vista tras el vuelo de una hoja que era mecida por el viento. Roto el silencio por las risas de los niños, sonrío volviéndose y dijo a todos los que estaban con ella en el salón. Apuesto por la vida, vivo y siento. La muerte me reta pero yo voy a procurar ganarle el pulso. Cogió el teléfono marcó un número que tenía en el bolso y dijo: ¿Está el Dr. Cercó? quiero pertenecer al protocolo de fármacos experimentales mi nombre es Isabel Castillo.
Autora : Darilea.
viernes, 6 de febrero de 2009
Al despertar
Al despertar los recuerdos se habían disipado casi por completo; pensaste que había sido un mal sueño, pensaste en ella, en desear la muerte no hay gran cosa. Todos lo hacen.
Pero desde la noche algo se había detenido. Lo sabías, pero no hiciste caso y saliste como todos los días.
Caminaste por la calle, dejando pasar a las personas hasta perderlas a tu espalda en un vertiginoso olvido. En la esquina un auto frenó a centímetros de tus piernas, balbuceaste algo hacia el suelo, molesto de que traten de parar tus pasos, cegar tu camino.
Al tocar la puerta, salió ella y se saludaron como siempre; obviando las molestias de la noche anterior se perdonaron por última vez, se besaron. Prometieron que no se volvería a repetir nada de lo sucedido. Juraron todo. Porque siempre son los demás los que mueren.
Ya se hacía de noche, y le dijiste que debías partir. Recogiste la bicicleta, que seguía esperando ahí desde ayer. Porque todo azar es premeditado.
La eterna calle recorría tus pasos seguidos en la mañana. Posiblemente ibas distraído en el olvido que te producían las luces al final de la calle, cuando la luz llegó repentinamente a tu cuerpo.
El impacto fue tan violento, tan decidor. Porque toda muerte es deseada.
Pero desde la noche algo se había detenido. Lo sabías, pero no hiciste caso y saliste como todos los días.
Caminaste por la calle, dejando pasar a las personas hasta perderlas a tu espalda en un vertiginoso olvido. En la esquina un auto frenó a centímetros de tus piernas, balbuceaste algo hacia el suelo, molesto de que traten de parar tus pasos, cegar tu camino.
Al tocar la puerta, salió ella y se saludaron como siempre; obviando las molestias de la noche anterior se perdonaron por última vez, se besaron. Prometieron que no se volvería a repetir nada de lo sucedido. Juraron todo. Porque siempre son los demás los que mueren.
Ya se hacía de noche, y le dijiste que debías partir. Recogiste la bicicleta, que seguía esperando ahí desde ayer. Porque todo azar es premeditado.
La eterna calle recorría tus pasos seguidos en la mañana. Posiblemente ibas distraído en el olvido que te producían las luces al final de la calle, cuando la luz llegó repentinamente a tu cuerpo.
El impacto fue tan violento, tan decidor. Porque toda muerte es deseada.
Autor: Ulises Riquelme
miércoles, 4 de febrero de 2009
Vaivén y Murmullo
Ha vuelto los ojos al mar, que estaba esperando. Sobre el promontorio que se yergue orgulloso, hacia el horizonte, se asoma a la eternidad de sus vaivenes. Y esa oscilación cambiante de cristales transparentes le atrae, como un amante. Un susurro roza su piel y la eriza, mientras la espuma crestea las olas.
Ella, de espaldas al embrujo de su voz, resiste. Sin embargo, su nombre, apenas pronunciado, suena como nunca antes. Siente que sea otra. Tan dulce se expresa.
Lentamente, desde la roca, gira su rostro. Esperando... Es el mar. Ella permanece. Estática en un promontorio. Unida a él, sin saberlo, en fusión incandescente.
Y el mar, cansado de tanto viajar, buscando reposo en la orilla, descubre ese nuevo ser, que surge de la roca con la fuerza de los siglos. Los pies anclados al suelo, que supura junto al agua pedazos de cielo. Y, aún sin quererlo, acaricia la roca sobre la que ella gime. Y el tiempo pasado, largo y comprometido, ha preparado el camino para un encuentro perfecto: mar y tierra, vaivén y murmullo.
El mar, que es sabio, eterno, profundo, muestra todas sus caras. Ella prefiere el susurro. Pero atisba la tormenta, cuando el viento agita sus cimientos y, desde el fondo, surge la fuerza eterna que lo consume. Entonces, el agua se arbola. Se enrosca. Salta en cabriolas locas. Avanza pariendo las olas, que surcan espacios prohibidos. Porque el mar, imbatible, también requiere un espacio: sobre el promontorio, frente al horizonte. Y, aunque la fuerza que imprime a las olas sube escarpando el talud, ella está lejos, ausente. La roca, que aísla y protege, la mantiene limpia, al abrigo del mar, tan cálido... Sólo algunas gotas pequeñas, sublimes, surcan su rostro mientras funden con las lágrimas que derrama al ver que el sol se aleja. Astro luminoso que apaga su fuego en olas coléricas, deja sobre el mar reflejos eternos que hablan de retos, de amor, de silencio.
Y el mar, imbatible, sigue esperando. Superficie exangüe. La vida se escapa. Las olas ya no suspiran. Sólo permanecen. Descansando. Y la espuma, que en la tormenta forma corrientes furiosas, se funde ahora con el agua, amalgama constante que duerme.
El mar ya no tiene fuerza. ¡Perdió tanto! Ahora sólo queda el reflejo de lo que fue. Un suspiro. Un anhelo de lo que pudo ser. Porque el encuentro, aún imaginado, fue tan limpio... Caricia soñada: la ola se vierte en la arena con el sabor añejo de una costumbre. Y la playa acepta que llegue, consciente de que la estancia será breve. Aunque, en el fondo, desea que ese baile constante siga para siempre.
Autor : Isabel
domingo, 1 de febrero de 2009
OSWIECIM

Su mirada era de un profundo gris y parecía tan antigua como el mundo. Su piel, de un blanco espectral, y sus cabellos, tan rubios que parecían de plata, le conferían un aspecto de ángel de la muerte. De estar a los pies de mi cama y no dentro de ella junto a mí, hubiera pensado que era un mensajero del averno enviado para pedirme cuentas. En sus ojos todavía se leía el miedo, la temerosa sumisión a quien sabe que controla su destino. Su cuerpo seguía gélido, a pesar del fuego de la chimenea y de llevar varias horas bajo las mantas. Me parecía haberle hecho el amor a un bloque de hielo. No se atrevió a hablarme ni cambió siquiera el gesto cuando me levanté, quieta en la cama, callada, esperando quizá la muerte inevitable, quizá mi permiso para volver corriendo al campo, cabizbaja, herida, sucia, encorvada, con la memoria perdida en la nieve, pero viva un día más.
Cuando años después corrió la soga y la tierra desapareció bajo mis pies, creí ver entre los testigos de mi muerte, como un último destello, aquella mirada profunda y gris tan antigua como el mundo, tan inexpresiva como entonces, igual de muerta que yo. La que vi aquella mañana en Oswiecim. O como la llamábamos nosotros: Auschwitz.
Alfredo Moreno
F
viernes, 30 de enero de 2009
Nota a los micro relatos
Para todos los que los leéis y para que no haya posibles errores, la firma del autor aparece debajo...salvo como el otro día en el de Pacal que me olvidé y algunos pensasteis que era mío...bueno pues ya está subsanado era de Rafael Lobarte...abrazos.
Lapsus

LAPSUS
Hoy es mi cumpleaños, sin embargo, en mi carnet de identidad, dice que nací mañana. Mi madre asegura a ciencia cierta que fue ese día y no otro, pero alguien confundió la fecha. Claro que este hecho no tiene para mi ninguna importancia, yo no tengo dudas al respecto. Pero cada vez que alguien me pregunta por esa fecha tengo que pararme a pensar, por unas milésimas de segundos, si la información es para alguna formalidad o no, y luego respondo. A veces, alguien se da cuenta de mi pequeño lapsus, aunque tengo que decir, que el paso de los años y el aumento de la burocracia ha limado bastante esa aparente indecisión. A menudo me pregunto si este hecho habrá marcado de alguna manera mi carácter. El caso es que oficialmente nunca he celebrado mi cumpleaños, aunque ¿qué entienden los papeles de estas cosas, no?
Doberka
F
miércoles, 28 de enero de 2009
Pacal
“ἔσσεται ἦμαρ ὅτ᾽ ἄν ποτ᾽ ὀλώληι Ἴλιος ἱρὴ
καὶ Πρίαμος καὶ λαὸς ἐϋμμελίω Πριάμοιο.”
Ὅμηρος, Ἰλιάδος Ζ (448-49)
“Día vendrá en que perezca la sagrada Ilión
y Príamo y el pueblo de Príamo el de la lanza de fresno”.
Homero, Ilíada, canto VI (448-49)
El rey Pacal reinó sobre Palenque en el siglo VII de nuestra era. Fue un gran monarca, así lo proclama al menos la magnificencia de su enterramiento. En el Templo-Pirámide de las Inscripciones se hallaron, además de numerosas ofrendas votivas, máscaras de arcilla y de jade (la piedra de la inmortalidad entre los mayas), que nos permiten conocer el aspecto que tuvo el teócrata. Pero la pieza más valiosa es sin duda el hermoso sarcófago. En su cubierta aparece reflejada la firme pretensión de Pacal de ser considerado la base sobre la que se asienta el árbol de la vida, el vínculo que une lo celeste y lo infernal. Asimismo rindió con él un respetuoso homenaje a sus ancestros.
Es indudable que mediante tan excelente obra, que iba acompañada de preciosos glifos que con su pétreo y regular parloteo nos informan de los hechos más importantes de aquel largo reinado, el rey y su corte se negaron a aceptar la más íntima y firme de todas nuestras certidumbres: que un día el cosmos, el mundo ordenado de los griegos, se irá enfriando y encogiendo como un animal herido y ni rastro quedará a la postre de su lenta agonía.
Rafael Lobarte
lunes, 26 de enero de 2009
Las escondí
Las escondí todas en su momento, cada una en su lugar y su tiempo y a veces, pobres, se rebelan; no saben que su destino ya pasó y se quedaron sin finalidad para siempre. Ya no podré pronunciarlas.
Algunos días siento melancolía y quiero recuperarlas en mi memoria, pero ellas se reesconden al oírme llegar y vengan su frustración congelándose allá donde estén. Y yo noto frío. Viene de dentro.
Algunos días siento melancolía y quiero recuperarlas en mi memoria, pero ellas se reesconden al oírme llegar y vengan su frustración congelándose allá donde estén. Y yo noto frío. Viene de dentro.
Lula May
viernes, 23 de enero de 2009
EL PENITENTE

Tan cruentos fueron mis pecados que opté por la contínua penitencia para obtener así la redención. Disciplinas, abrojos y cilicios fueron desde entonces el sustento de mi empeño, la esperanza hiriente de mi salvación. Durante años porté con arrobo el capirote de los disciplinantes y flagelé mi espalda con una furia que ningún otro asceta compartía. Mi arrepentimiento exigía la perpetua mortificación, la laceración de un cuerpo necesitado de dolor, que se extasiaba cada vez más en el martirio. LLegué a ser sólo llaga y piel, el reflejo de una contrición sangrienta que todos despreciaron. Y al fin, tras lustros de dolor, la austeridad de mis costumbres fue la causa de mi muerte.
Había ganado el paraíso ya en la tierra y ascendí custodiado por los ángeles al cielo. Pero habituado a repudiar el gozo y regocijarme tanto tiempo en el dolor, hube de bajar por mi propia voluntad a los infiernos para ser allí mortificado eternamente.
Vicente Muñoz Álvarez.
F
miércoles, 21 de enero de 2009
Confusión

Todavía algunas veces huele a humo cuando giro el pomo de la puerta e introduzco la mirada entre la habitación vacía. Mi marido dice que tiene muebles en puro ébano, encajes por las cortinas, cristales de Murano haciendo lámparas y aquellos objetos caros para las envidias. Lo observo y callo mientras ausente corre la ternura.
Seco el ojo al llegar el humo de la nada que fugaz puede en este incendio apostar a cualquier número perdedor. Fantasma efímero, no tienta ni surca el camino de la vida, pues buscando el ocaso entre celos, paranoias y verdades de película, actúa.
Mientras maquillo el pómulo chamuscado tras los nudillos sueltos, procuro moverme despacio, para no incitarlo, también porque no puedo. Sujeto la costilla rota con una venda. Cepillo el cabello mesado a grandes mechones. Y resalto lo que ya no queda, burda estafa de la belleza.
Deglute la cena tras la sonrisa de dientes blancos, perfectos, mordaces de palabras gratas para los amigos y mirada asesina para su esposa –puta, a quien enseñas las piernas, ¡si es que vas provocando! Ya veras luego…Copa tras copa se va animando, el perfecto anfitrión, a quien a veces temo...
Humo busco para esconderme o volatilizarme que ya es de noche.
Sumergida todavía contra la neblina, apuro miedos, dolores y quizás confusiones neutras al vomitar palabras: Perdona amor mío. No me mates, que no te engaño
Estrellaysol
F
lunes, 19 de enero de 2009
Sordera
Sordera (I)
Cuando fue perdiendo el oído y no podía escuchar desde el patio las noticias de la radio le pedía a su esposa que le contara lo que pasaba. Ella, entonces, con una sonrisa, inventaba catástrofes y accidentes, golpes de estado remotos y aumentos, aún mayores, de los índices del costo de la vida. Otras, según su estado de ánimo, le transmitía con aire abatido, noticias sobre salvamentos heroicos, actos de generosidad y altruismo sin límite, como si estuviera hablando de lo sucedido hacía mucho tiempo.
Sordera (II)
Según dicen la sordera trae consigo el aburrimiento.
Para el primer aniversario de la compra de mi audífono, la compañía Siemens me ha obsequiado un juego de cartas de baraja y un tapete de franela verde, al parecer preocupados de que no me aburra.
Me anuncian que con ellas podré jugar con los amigos al mus, la brisca, el bridge, el Remigio, la perejila, el cinquillo o el poker. Con los pocos que van quedando, preciso.
En caso extremo, también se pueden jugar solitarios.
Cuando fue perdiendo el oído y no podía escuchar desde el patio las noticias de la radio le pedía a su esposa que le contara lo que pasaba. Ella, entonces, con una sonrisa, inventaba catástrofes y accidentes, golpes de estado remotos y aumentos, aún mayores, de los índices del costo de la vida. Otras, según su estado de ánimo, le transmitía con aire abatido, noticias sobre salvamentos heroicos, actos de generosidad y altruismo sin límite, como si estuviera hablando de lo sucedido hacía mucho tiempo.
Sordera (II)
Según dicen la sordera trae consigo el aburrimiento.
Para el primer aniversario de la compra de mi audífono, la compañía Siemens me ha obsequiado un juego de cartas de baraja y un tapete de franela verde, al parecer preocupados de que no me aburra.
Me anuncian que con ellas podré jugar con los amigos al mus, la brisca, el bridge, el Remigio, la perejila, el cinquillo o el poker. Con los pocos que van quedando, preciso.
En caso extremo, también se pueden jugar solitarios.
Fernando Aínsa
F
sábado, 17 de enero de 2009
Ficticio
Esta no es una historia corriente, es la historia de un hombre que intuye que hay vida ‘fuera’, mas sòlo ha de considerarla en algùn equìvoco sueño.
Se podrìa decir que la vida de este hombre, aunque algo infortunada,
guarda consigo singular belleza, eso es lo que me ha acercado a èl.
Y sus ojos glaucos.
Poco fue el tiempo que hemos compartido, mas aùn tengo recuerdos de algunas plàticas y el respeto que me inspiraba con esos silencios largos y hondos que me llevaban hasta mis propios abismos.
No llegamos a entablar una autèntica amistad, pero tuve el placer de experimentar que muchas veces es mejor intentar escuchar màs allà de las palabras y sobre esto no cabe ninguna discusiòn.
Solìa ausentarme de nuestras conversaciones -debo admitirlo- perdièndome en ciertas elucubraciones personales respecto de su vida, que se me antojaba ligeramente desgraciada, junto a una sensaciòn como de conocer ya todo de èl, hasta el punto de saber algunas cosas que hasta èl mismo ignoraba o parecìa ignorar.
Aunque de especial caràcter, se hacìa a mis ojos de una personalidad poco animada, sombrìo y hasta abrumadoramente metòdico.
Siempre hacìa el mismo recorrido que lo llevaba de su casa al trabajo,
de la tienda de compras hasta el estanco, y asì…
No salìa si no reservaba para el viaje diversos objetos para eventuales contrariedades, que nunca ocurrìan, de màs esta decirlo.
Parco al hablar, pude darme cuenta de que no le agradaban las preguntas y mucho menos dar respuesta a los interrogantes, a lo que de inmediato contestaba evadiendo y yo, por cariño -meramente- seguìa mi paso silente, àvida, si, pero notando alguna suya cierta enajenaciòn o exclusiòn del mundo.
Hubo una vez que con intenso gozo hube de cuestionarlo acerca de su vida personal, acerca de sus amores, para ser especìfica.
La caminata bajo el sol era propicia para su buen ànimo y yo -proclive a escandalizar- estaba dispuesta a ello.
Me contò –tìmidamente- acerca de la significaciòn de una mujer en su vida,
y no cualquier mujer, una mujer extra-ordinaria que le habìa procurado una tibia –a mi modo de ver- sensaciòn de estabilidad y sosiego, que rayaba con un extremado reposo de las emociones...
Se referìa a ella con palabras harto amables, pero sin embargo, como a
alguien ajena a si mismo, como si no hablara de su amada, por decirlo de alguna forma.
Incomprensiblemente afectada por una especie de tristeza, mi corazòn comenzò una carrera sin freno, como si la figura de esa mujer transfigurara en fantasma y me fuese obsequiada por toda la eternidad.
En aquellos tiempos ocurriò algo que no puedo arrancar de mi memoria.
Hablò, hablò -recuerdo- como defendiendo su ‘amor’ creo que intentaba un diàlogo consigo mismo al dejar escapar preguntas constantemente.
-Què sabe acerca del amor? Me dijo, increpàndome.
"Nada"…me dije en un silencio irrevocable.
Lo mirè largamente mientras reptaba mi rostro con esa mirada levemente triste.
Antes que exhalara una respuesta dijo en un tono que apenas podìa oìr:
-Regresè a ella despuès de un tiempo de andar solo,
fui al encuentro de un porvenir ignorado y probablemente tolerable…
asì fue que iniciè un nuevo camino ya hace tiempo a su lado, renunciando
a mis años jòvenes y sin rumbo, donde todo era aturdimiento.
Por un momento los imaginè presos del hartazgo torpemente disimulado
-y no pregunten por què- ...
Antes de emitir sonido susurrò:
-Anoche cenàbamos en repetido rito…mi vista no se apartaba de mi plato…cuando ella dijo:
-Te pasa algo?
A lo que segùn èl contestò:
-No, no pasa nada…
Ahì està el dilema…
Se oyò un ruido sordo y dramàtico.
La nada misma...
-Yo me sepultè en un profundo e interminable silencio…-
Uma
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