La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco

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miércoles, 12 de agosto de 2020

Tenía razón quien hablando de Leonard Cohen







Tenía razón quien hablando de Leonard Cohen
dijo que sus palabras eran de alquitrán,
aunque no nombrase para nada el límite de los silencios de su voz,
los que desbordan incesantes entre el resto oscuro de la noche.
Escucho. Me estremezco. Te pienso,
quiero estar de nuevo en esa habitación
a donde tantas veces me llevas,
aunque no sea el Chelsea Hotel
ni tu pelo deslumbre por ser crepuscular.
Me queda de tu calor la humedad pendiente,
un naufragio entre los dos
si nos despojamos de toda trascendencia.
Arde la tarde y es certera la línea cóncava de la flecha,
roja y dolorosa, se diluye entre los puntos cardinales.
La soledad es lo último que me espera,
quizás esas canciones traigan algo de luz
o me hagan, sencillamente, volver a dibujarte
en el vaho de los cristales,
en los que siempre dejas tus labios rojos.


f.



domingo, 9 de agosto de 2020

Hablar y que tu voz se confunda








Hablar y que tu voz se confunda
con la lenta forma en que arde un olivo.
Quebrar las ramas que forman la luz
y entonces ser de nuevo un pájaro silvestre.
Ser, dentro del silencio,
el borde que tañe y la huella que se quema.
Caer sobre la noche: ser la noche.


f.



sábado, 8 de agosto de 2020

Vigilar la distancia




No sé qué tienen estas horas del amanecer







No sé qué tienen estas horas del amanecer,
cuando es posible que ya te hayas ido
deslumbrada por la noche y el silencio,
y cuando todavía la luz
no ha empezado aún a deshacer las sombras.
Y, sin embargo, siento como mío el lento recorrido de la soledad,
la innata y fría sensación que deja un naufragio.
No te preocupes, es un dolor que solo me mata poco a poco,
me obliga a enumerar todas las mentiras que te guardo,
una pequeña letanía de contradicciones que viven conmigo.
Solo tienen el valor de un aguacero en mitad del desierto,
pero me empapan sin remedio hasta los huesos
sin poder refugiarme en mi renombrada y pertinaz ironía.




f.



jueves, 6 de agosto de 2020

Abrir los ojos sin más destierro que tu propio miedo.






Abrir los ojos sin más destierro que tu propio miedo.
Caer despacio sobre los cristales,
húmedo del sudor y de la cadencia de la sangre.
Verter el agua de la lluvia como un sudario sobre tu cuerpo.
Sajar la raíz, el mimbre de la tierra,
allí donde la savia penetra y da luz.
Tal vez nunca serás nadie,
es más, ya lo eres: sombra de sombra...
pero sabes reflexionar sobre el viento,
el movimiento de la luz,
la veracidad de las estaciones.
Tu silencio se habita de semillas
que saben siempre florecer en palabras.



f.



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