Hay siempre un algo inevitable entre las horas de la noche y el silencio, y aunque sepa respirar en esa complicidad armónica, tiene en su fondo un torrente de agua turbia, algo metálico que daña, algo que guarda el eco de cristales que se rompen donde más duele: adentro.
Recorro este pasillo desde niño, largo, oscuro, solitario, con voces y olores antiguos e imágenes confusas. Lo nítido suele tener más valor en el sueño, es algo parecido a un toque de caricia en el aire, al vaho indispensable de mi debilidad, que se sustenta en pensar, que esto, si lo dejo, pasa por mí como un tren en una estación vacía, así, lo veo alejarse, sin más valor que el frío incesante en que me abandona.
f.
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