Ser de nuevo la oscuridad,
el hilo fecundo de silencio,
la semilla que germina dentro y murmura
como el viento que te nombra sin saberlo...
una y otra vez, en el metálico sonido de las drizas.
Reconozco la soledad por su aroma de invierno,
la orilla sin preámbulos donde se pierden los amantes ciegos,
todas las esquinas de la luna,
el huso que marca los verbos,
casi toda la urgencia de respirar,
este veneno, que a sorbos, va dejando perdida la consciencia
y nos hace callar ante la temprana y última luz del día.
f.
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