
En mis manos eres la tierra,
crecida de bosques y silencio de pájaros.
Tienes la humedad del tiempo
en el regocijo de tu vientre
y yo la sed de un nómada
que busca la luz del abandono.
Una lluvia desciende como bruma,
nos empapa de palabras diminutas,
se yergue vencedora,
nos habla en su eterno segundo de deseo.
La noche será un viaje de lumbre,
el quebrado verdor de un relámpago,
y en esas pavesas de ardientes simas
cruzaremos los páramos,
abriremos los ríos,
desharemos el alba.

