Escucho el sonido de mis pasos, tienen un eco a invierno,
a los pasillos oscuros de la infancia,
huellas perdidas en busca del calor de la inocencia.
Cae el cielo sobre mí, lo inabarcable del silencio,
las monedas de níquel que suenan a derrota
cuando golpean tintineantes las viejas baldosas.
No hay venganza en el recuerdo,
me hago un ovillo en ese hueco donde queda todo,
los días que vienen recogerán estas horas aciagas.
f.
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