
He muerto y me habita un campo de maleza y flores azules.
Respirar, cada vez cuesta más respirar.
En el aire de la noche arde un sarmiento.
Tú, estás aquí, confiada, silente en tu sueño de ninfa.
Desnuda, perpetuas el juego del bosque
y la llamada de los pájaros de la oscuridad.
¿Cuántos paraísos reservas en tu mente para mí?
Resucito habitado por el vértigo.
Me inclino sobre el día.
Él me conoce y en su luz guarda el reposo
y la tristeza del tiempo.
Cada vez que hay un rocío declino la mirada,
es el llanto de una noche perdida,
a veces, es un canto a las sombras,
un rasguño entre los dos,
que hiere como todas las cicatrices
y que se reserva el recuerdo
para cuando la lluvia se hace tan intensa como la soledad.
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