
Nada que este tren sepa de nosotros resguardará el tiempo
aunque esperarnos en los besos y en los andenes de la carne
tenga el sabor húmedo y la melodía febril de los derviches,
los dos intuimos que apenas nos pase el deseo
volveremos a ser dos extraños en la noche de un pub
o en el acantilado más cercano a nuestros recuerdos.
Es difícil no naufragar entre tus pechos,
esa carne que se estremece al paso de mi lengua,
me retrae al tiempo devoto de mi juventud
y aunque follemos con el estrépito de las gaviotas,
en el intervalo de cada nuevo empuje,
de cada sensación de placer que me inunda,
recojo las migajas de un océano solitario
que hoy me abraza en ti como el resumen de un libro de viajes.
En esta estación apenas nos da el hambre para comernos a besos,
cada rincón que cabe entre mis dedos,
cada nuevo gemido de tu boca,
todo te lo devoro con el ansía del último día,
por eso te ciernes sin medida en el abismo de esta cama.
Tus labios sostienen la fruta y el aroma de las flores
y yo me embebo de ti sabiéndome débil,
arrancando de tu cuerpo la lozanía de una fugaz pasión.
No me conoces y sin embargo te has entregado
con el desvarío de los sueños
mientras no cesa la música
y el deber de amarnos sin medida
se hace una marea oscura
que nos aleja cada vez más de la costa.
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