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martes, 8 de mayo de 2018

De un domingo...









De un domingo...

Cruzo las calles, los puentes, las avenidas desiertas habitadas por la lluvia. Vago entre los sonidos de las iglesias llamando al rezo, una tras otra como un viejo reloj de campanas de bronce suenan sus llamadas metálicas en el eco del viento con el tañido hueco de la borrasca.
Mido la longitud de las cruces, las cúpulas encendidas, el olor de las misas con el humo a incienso y los dedos húmedos del agua bendita...nunca acabas de salir de estos viejos templos con sus estatuas retorcidas por el martirio y los bajorrelieves de alabastro policromado que siguen el largo camino de un retablo hacia el calvario.
No escucho la voz que clama, su palabra gripada por los siglos, y de rodillas percibo la altura, los colores de las vestimentas de los sacerdotes en la liturgia...siempre me gustó verlos con el color de la penitencia entre la fastuosidad del pan de oro que relumbra en la oscuridad y en la tiniebla...y el coro indeterminado de cantores, entonces surge una fila de devotos que se forma para recibir su misterio y acabar tras rezos e hisopazos recibiendo las santas bendiciones...ahora surge la urgencia de ir a comprar, de ir al bar, de correr a casa a hacer la comida.
Diría que esta hora no es de este mundo, es simplemente un descanso en el descanso dominical, en la que creo, humildemente, que casi nadie sabe a qué va.



f.




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