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jueves, 14 de diciembre de 2017

Estambul









Estambul


Eis-tan-pólei.
Me despierto entre las sombras,
un almuédano recita su oración en un eco interminable
mientras repaso las cuentas pendientes que esta ciudad me deja
desde el Gran Bazar al más delicado y pequeño de las Especias,
el té de manzana -elma çay- ofrecido por los vendedores de alfombras
y por los otros que venden artículos de piel y oro,
junto a los puestos ambulantes de kebak.
Transcurro así mientras me ducho
y no puedo olvidar la Mezquita Azul de Solimán el Magnifico,
Santa Sofía, las pequeñas iglesias ortodoxas,
escondidas en la vieja Constantinopla,
el orgullo imperial del palacio de Topkapi, la Gran Cisterna,
el palacio de Dolmabahce y la torre Galata
desde donde se ven incomparables
los atardeceres sobre el Bósforo.
El mar se reserva mi mirada
y un dolor silencioso tiembla entre los palacetes
que en frente, en Asia,
serpentean por este lugar del mundo.
Cuando en el aeropuerto consignan mi maleta
nada hay en ella de valor que tenga esta ciudad,
pero conmigo ya en el avión,
apunto una por una todas las emociones
que puedo recoger en mi memoria.
Tras el caos indivisible de este pueblo amable y orgulloso,
la historia me devuelve una ciudad de más de dos mil años
y apenas unos días de verano inolvidables.



f.




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